La historia de la única superviviente de la expedición a la isla de Wrangel. Invita a revisar el relato de la exploración ártica desde la perspectiva de quienes sobrevivieron gracias a la resiliencia, el conocimiento y el cuidado
En la década de 1920 se llevó a cabo una expedición condenada al fracaso en la isla de Wrangel. Más de un siglo después, la historia de Ada Blackjack continúa revelando tensiones profundas vinculadas a la exploración, el colonialismo, el cuidado y la supervivencia, en un diálogo constante entre lo humano y lo heroico.

Cuando el barco se alejó de la isla Wrangel, los hombres celebraron el comienzo de la expedición. Ada Blackjack caminó sola hasta la orilla y lloró.
¿Quiénes fueron convertidos en héroes y quién tiene derecho a ser recordado como explorador?, ¿Qué cuerpos son considerados “épicos” y cuáles “funcionales” ?, ¿Cómo sostiene el trabajo de cuidado incluso las experiencias más extremas? ¿En qué magnitud dependía la exploración occidental de aquello que consideraba secundario?
Ada Blackjack nunca quiso convertirse en exploradora.
Antes de llegar a Wrangel. La vida de Ada ya estaba atravesada por la pérdida y la supervivencia. Se casó joven con Jack Blackjack y tuvo tres hijos, pero solo Bennett sobrevivió a la infancia. Tras años de maltrato y abandono, Ada quedó sola, sin dinero y con un hijo enfermo de tuberculosis crónica.
En uno de los episodios más duros de su vida, caminó más de 64 kilómetros hasta Nome cargando a Bennett enfermo durante gran parte del trayecto. Allí se vio obligada a dejarlo temporalmente en un orfanato mientras buscaba trabajo como costurera. Todo lo que hizo después —incluida la expedición a Wrangel— estuvo atravesado por un único objetivo: reunir el dinero suficiente para recuperarlo.

Si me pasa algo y se sabe de mi muerte, hay una mochila negra para el colegio Bennett, para mi único hijo. Les pido que, por favor, lleven a Bennett todo lo que me pertenece. No sé cuánto me alegraría volver a casa con mi familia. (Del diario de Ada Blackjack, fechado el 1 de abril de 1923)
El condicional de la primera línea de esa cita ya es inquietante. “Si me pasa algo y se sabe de mi muerte” habla de la poca probabilidad de trascendencia notificada que tendría su muerte. El miedo a desaparecer sin dejar rastro, de morir en un territorio tan remoto que incluso la noticia de esa muerte pudiera no llegar nunca. Y, sin embargo, en medio de esa incertidumbre, Ada intenta dejar algo detrás de sí: una mochila, sus pertenencias, una mínima continuidad material para su único hijo.

Le ofreció un salario de 50 dólares al mes, que significaba una cantidad impensada para ella en aquel entonces, y ansiaba reunirse con su hijo. Sin embargo, muchos en Nome tenían serias dudas sobre la misión.
La isla Wrangel es una isla grande y remota en el mar de Chukotka, al norte de Siberia. En ese momento, Canadá, Rusia, el Reino Unido y Estados Unidos habían presentado diversos reclamos sobre la isla, pero ninguna era firme. Stefansson creía que solo el asentamiento continuo en la isla Wrangel garantizaría la soberanía sobre ella. Lo impulsaba la ambición de consolidar su legado como explorador célebre e investigar nuevas oportunidades económicas en lo que él llamaba "El Ártico Amistoso".

Mientras los hombres perseguían prestigio, descubrimiento y legado, Ada había aceptado el viaje por una razón mucho más urgente: sobrevivir económicamente para poder ejercer una maternidad deseada pero imposibilitada por la necesidad y la enfermedad.
Los exploradores querían conquistar una isla; Ada quería volver a criar a su hijo.
El 9 de septiembre de 1921, el grupo de la expedición partió hacia la isla Wrangel.
Ada, de 23 años, estaba aterrorizada. Tenía un miedo profundo a los osos polares y le inquietaba enormemente la idea de quedar varada durante varios meses sola con hombres desconocidos. Como si esto no fuera suficiente desafío, las demás familias nativas de Alaska que habían accedido a unirse a la expedición finalmente se echaron atrás, convirtiéndola en la única iñupiaq y la única mujer presente. Pero Ada necesitaba el dinero. Si se unía a la expedición, regresaría a Nome con lo suficiente para recuperar a su hijo del orfanato.

La celebración de los hombres del grupo durante el desembarco en la isla de Wrangel se encontró con el silencio seco de Ada cuando vio partir el barco que los había traído a la isla. Caminó sola hasta la playa de guijarros, vio cómo el barco se perdía en la distancia y lloró. Rodeada de hombres desconocidos, aislada y aterrorizada por el entorno, Ada comenzó a retraerse. Su ansiedad comenzó a interferir con las tareas domésticas que los hombres esperaban de ella —cocinar, coser, limpiar— y la respuesta fue la violencia.
Hoy la costurera se negó a remendar un par de botas, así que la até al mástil hasta que prometió arreglarlas. Como la amabilidad no surtió efecto, voy a recurrir a medidas más drásticas. (Del diario de Lorne Knight, fechado el 23 de noviembre de 1921).
La violencia dentro del campamento no era únicamente producto del aislamiento extremo. También revelaba algo más profundo: qué lugar ocupaba Ada dentro de la lógica de la expedición. Incluso en condiciones extremas, las jerarquías de género seguían intactas.

El verano de 1922 llegó con el deshielo y una promesa de rescate que nunca apareció en el horizonte. Mientras el nuevo gobierno bolchevique ruso avanzaba sobre sus reclamos territoriales en la isla Wrangel, Canadá evitaba involucrarse en un conflicto diplomático por una expedición ya debilitada. Stefansson intentó conseguir financiamiento privado para enviar un barco, pero cuando finalmente reunió el dinero, el hielo marino había bloqueado el acceso a la isla.
El grupo comenzó a quedarse sin provisiones, sin munición y sin fuerzas. La caza, que Stefansson había imaginado abundante, resultó insuficiente. El escorbuto avanzó rápidamente, en especial sobre Lorne Knight. En enero de 1923, Crawford, Maurer y Galle partieron desesperados hacia Siberia con los perros de trineo que quedaban en busca de ayuda. Nunca regresaron. Ada, Vic y Knight quedaron solos en Wrangel.


Con la llegada de la primavera, la tensión entre ambos se hizo palpable a medida que el escorbuto de Knight empeoraba. Cayó demasiado enfermo para levantarse de la cama, y Ada también empezó a mostrar síntomas de escorbuto. Sin embargo, se le encomendó la tarea de cuidar el campamento, un trabajo que antes requería la colaboración de los cinco. Se tomó su responsabilidad muy en serio. Aprendió a usar un rifle y lo empleó para cazar y defender el campamento de los osos polares.
Hoy estuve en el campo de tiro y solo vi rastros de cuervos. Disparé una escopeta una vez. Tomé una lata de té vacía y le disparé. Le di de lleno, bastante bien para ser la primera vez. Y limpié las dos escopetas. (Del diario de Ada Blackjack, con fecha del 21 de mayo de 1923).
En Wrangel, escribir también era una forma de sepultar. Registrar una fecha, una muerte o un nombre significaba impedir que la desaparición fuera absoluta.
Ada le daba a Knight la mayor parte de la comida que ella misma cazaba y atrapaba con tanto esfuerzo. Le curaba las llagas, le leía y trataba de que se recuperara, pero finalmente falleció el 23 de junio de 1923. Ada, con diligencia, escribió a máquina el día de su muerte. Aunque él había actuado con crueldad hacia ella, se sentía triste y temerosa de estar realmente sola en la isla de Wrangel. No podía soportar, ni física ni emocionalmente, sacarlo de su saco de dormir, así que construyó una barricada de cajas de madera a su alrededor para proteger su cuerpo de los animales y se trasladó a la tienda de almacenamiento con Vic.

Incluso aislada del resto del mundo, Ada intentó producir algo parecido a un ritual. La barricada alrededor del cuerpo de Knight no solo lo protegía de los animales: también evitaba que la muerte se volviera completamente anónima.
Isla Wrangel. 23 de junio de 1923.
El día de la muerte del Sr. Knights
Murió el 23 de junio. No sé a qué hora murió. De todos modos escribo el día, solo para hacerle saber al Sr. Stefanssom en qué mes él murió y qué día del mes. Escrito por la Sra. Ada B, Jack (Del diario de Ada Blackjack, inserto mecanografiado).
La frase “solo para hacerle saber al Sr. Stefansson en qué mes murió” es devastadora. Porque muestra a alguien intentando garantizar que la muerte de otro no desaparezca del todo. Aparece, nuevamente, la necesidad humana de registrar la existencia para evitar la desintegración total.
Es Ada Blackjack quien termina sosteniendo la vida, el campamento, la memoria de los muertos, el registro escrito y el cuidado del otro.

Aunque al comienzo del viaje no tenía ninguna experiencia en la caza, la captura de animales ni otras técnicas de supervivencia, Ada sobrevivió durante meses en la implacable naturaleza salvaje de la isla Wrangel. Reforzó las paredes de la tienda de almacenamiento con madera flotante, construyó una plataforma para dormir, hizo una estufa con latas de queroseno vacías y construyó una plataforma de observación en la parte superior de la tienda para vigilar a los osos polares. Construyó umiat, o botes de piel, para cazar focas. Cazó aves, atrapó zorros, recogió huevos y cosió ropa de abrigo, todo ello mientras sufría los síntomas del escorbuto. Incluso le cosió a su hijo un par de mocasines para regalárselos a su regreso a Nome. Su diario narra una historia increíble de sus dolores, luchas y éxitos durante la expedición. Puede leerse en línea en la Biblioteca de Colecciones Digitales de Dartmouth.
A medida que la expedición colapsaba, la supervivencia empezó a depender menos de la lógica heroica de la exploración que de una infraestructura invisible de cuidados. Mientras los hombres habían llegado a Wrangel pensando la isla como territorio —algo que podía reclamarse, cartografiarse o conquistarse—, Ada terminó transformándola en refugio.

¿Qué prácticas humanas siguen haciendo posible la supervivencia? ¿Qué formas de cuidado, memoria y refugio siguen haciendo habitable el mundo? La pregunta acerca de cómo convertir la isla en un espacio habitable insiste en repensar qué es aquello que sobrevive como simbólico y esencial en el relato de toda lógica colonial de expedición: mientras que el explorador clásico construye a través de la cartografía, el reclamo, la conquista, Ada remienda, cocina, protege, construye, cuida, entierra y escribe.
Cocinar, coser, administrar recursos, improvisar abrigo, preservar cuerpos, sostener rutinas, escribir registros: aquello que la narrativa clásica de exploración consideraba secundario terminó siendo esencial. Cuando la lógica heroica de la exploración colapsó, fueron justamente esas tareas históricamente feminizadas y desprestigiadas las que hicieron posible la supervivencia y que, a su vez, desmontaron la fantasía heroica masculina de la exploración.
Al final, la expedición no se sostiene por el espíritu conquistador, sino por esta red de cuidados cotidianos que terminan siendo decisivos.

Ada Blackjack provenía de una cultura acostumbrada a leer el paisaje no como un espacio a conquistar, sino como un entorno con el que era necesario establecer una relación de observación, adaptación y equilibrio. Tal vez allí resida una de las mayores contradicciones de la exploración polar: muchos hombres llegaron al Ártico intentando dominarlo, mientras dependían —con frecuencia sin admitirlo del todo— de conocimientos indígenas desarrollados durante generaciones para poder sobrevivir en él.
Su historia revela una contradicción frecuente en muchas expediciones occidentales del Ártico: la fascinación por conquistar territorios que solo podían atravesarse gracias a conocimientos indígenas previamente desestimados o invisibilizados.
Los pueblos iñupiaq desarrollaron durante siglos formas complejas de adaptación al entorno polar, basadas no en la dominación del paisaje sino en la observación minuciosa de sus ritmos, recursos y transformaciones. Incluso el lenguaje refleja esa relación íntima con el ambiente: distintas variaciones del hielo, la nieve o el mar poseen denominaciones específicas cuya precisión no responde a una curiosidad lingüística, sino a una necesidad vital.
En territorios extremos, nombrar algo correctamente puede significar sobrevivir.

El 20 de agosto de 1923, Ada se despertó con un ruido fuera de su tienda. Salió corriendo y vió, atravesando la espesa niebla, un barco. Corrió hacia la playa, esperando ver los rostros de Crawford, Maurer y Galle mirándola. Pero con las primeras palabras que le dirigió Harold Noice, socio de Stefansson, supo que era la única superviviente.
Ada Blackjack comenzó la expedición con miedo. Lloró cuando vio alejarse el barco, no sabía cazar, quería volver a casa y nunca había imaginado convertirse en exploradora.
Sin embargo, sobrevivió.
Estamos acostumbrados a relatos donde el héroe “nace distinto”. Ada sobrevivió sin encarnar nunca el ideal clásico del explorador: tenía miedo, lloraba, quería volver a casa y jamás imaginó convertirse en heroína. Casi convierte la supervivencia en algo más cercano a la persistencia cotidiana que a la heroicidad. Tal vez porque la historia de Ada Blackjack nunca trató verdaderamente sobre la épica de la exploración, sino sobre otra cosa mucho más silenciosa y persistente: las formas de “lo humano” que persisten cuando todo el resto colapsa.
La historia de Ada Blackjack importa porque obliga a reformular quién merece ser recordado dentro de las narrativas de exploración. Ada no solo sobrevivió a la isla. También sobrevivió a una narrativa histórica que no estaba hecha para convertirla en protagonista.










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