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Abril 2022 – Noticias y Novedades
Biografía completa de Matthias Zurbriggen

Fue uno de los más grandes montañistas del siglo XIX, habiendo realizado la primera ascensión al Aconcagua y al Tupungato en 1897, un virtuoso en la escalada, tanto en el hielo como en la roca, siendo un guía con gran experiencia, primero en sus Alpes natales y luego en distintos lugares del mundo que recorriera

Por José Herminio Hernández. Montañista, Coronel (RE)


Restauración Fotográfica: Centro Cultural Argentino de Montaña, Natalia Fernández


Encontramos sus orígenes familiares en el ameno Valle del Ródano, en el cantón suizo de Vallese. En la iglesia parroquial de Gils, donde una vez iniciado el camino hacia Sempeone, detrás del suntuoso altar mayor de la iglesia del lugar, se abre un hermoso vitreaux colorado; en el centro del mismo, se destaca un blasón de armas Con un arco o puente plateado, con tres arcadas de color negro, sobresale o se destaca un león en posición de ataque, y una cruz patriarcal roja , flanqueado por dos estrellas doradas vemos este escudo de armas de los Zürbriggen (zur Bruecke, es decir del Puente)., cuyo simbología representa, el león, la fuerza y el coraje, la cruz y las estrellas, la Sagrada Familia. En este cantón nacieron a lo largo del tiempo, primeramente o antiguamente gobernadores, caballeros, síndicos, personajes militares y religiosos y más recientemente guías y esquiadores de fama mundial.


En el Valle de Tasman en Nueva Zelanda Matthias Zurbriggen, Fizgerald, Arthur Ollivier,
George Edward Mannering y Jack Adamson


Los Zürbriggen han pertenecido al tronco familiar de los Walser, población de pastores-guerreros del alto Valle del Ródano, los cuales se creen descendientes de los antiguos alemanes, que penetraron a los valles laterales del Vallese y de Saa; posiblemente buscando mejores tierras para el pastoreo de su ganado, como también con la esperanza de encontrar nuevas cosas, llegaron luego a ocupar las tierras espartanas de los Alpes, en los verdes valles italianos, al Este y Sur del monte Rosa, del valle de Formazza al valle de Gressoney. Se podría decir que eran un clan, con una destacada fisonomia , la cual describe Emilio Rizzi: eran de figura esculpida, de barba roja desalineada y cabellos negros, con un particular porte por su estatura; en el Grigioni, caminar como Walser, era andar con paso largo y elegante.

Los hombres Walser, eran de extraordinario vigor, lo mismo que las mujeres. Recordaba a estos pobladores Horacio Benedicto Saussure: basta dos mujeres para transportar la carga de una mula.

Felice Benuzzi, decía: ``El que tiene conocimiento sobre la mula y de la actividad que realiza ésta en la montaña, puede aseverar que una mula puede cargar hasta cien kilogramos. Una mujer Walser entonces puede cargar cincuenta kilos.

Edward Whymper afirmaba cien años después que Saussure que: Las mujeres del valle de Saas-Fee, eran conocidas por su robustez, el mismo las había visto, cuando iban al valle, con sus espaldas dobladas por el peso de las cargas pesadas, destinadas para la construcción de los albergues, del mismo modo las había visto llevando grandes espejos. Nada sabía Lorenzo Zürbriggen, padre de Matthías, de sus antiguos orígenes, de su noble emblema, y tampoco de las observaciones y escritos, realizados por reporteros, científicos y viajeros sobre sus antepasados; cuando en el año 1858, decidió trasladarse de este lugar, Saas-Fee y por el paso de Monte Moro al territorio italiano de la localidad de Macugnaga, en busca de un trabajo más redituable para sostener su numerosa familia.

Para la familia Zürbriggen, no era una emigración, por cuanto sus antepasados Walser, lo hacían normalmente, hacia uno u otro lado, y además porque había parientes en ambos pueblos. No obstante, este paso era custodiado por los aduaneros, porque era normal el contrabando de café y tabaco, desde Saas-Fee y objetos de oro, desde Macugnaga.

Toda la familia se trasladó a pie, ya que era muy caro el alquiler o la adquisición de algún mular para realizar el desplazamiento, y este medio se lo consideraba un lujo. Lorenzo, era acompañado por su esposa, Verónica Andermatten, originaria de Nicola di Stalden, lugar en donde confluyen, el valle de Saas-Fee y el de Zermatt, y sus siete hijos, el último de los cuales había nacido el 15 de mayo de 1856 y se lo había bautizado con el nombre de Matthías; el cual en este desplazamiento viajaba por ser el más chico en un carguero en la espalda de su madre.
Lorenzo, no bien llegó, se empleó como minero, en una mina de oro de Pestarena, en los alrededores de Macugnaga.

El recuerdo que solía tener Matthías sobre la villa de Macugnaga, era sobre todo en invierno y decía que: Era un pueblo horriblemente melancólico y su población se conducía en una vida lenta y opaca, alimentándose y nutriéndose como hace un siglo atrás cuando pasó Saussure, con lácteos y pan de centeno o trigo; no se cultivaba ni siquiera papas, las cuales eran desconocidas todavía en esa época.

Mientras tanto la familia aumentaba, en el mes de enero de 1861, nacieron los gemelos Alejandro y Ana María, el primero murió a los dos años, y la segunda sólo alcanzó los ocho años.


Matthias Zurbriggen y otros alpinistas


Pocos años después, un hecho desafortunado enlutó a la familia, el 11 de junio de 1864, mientras Lorenzo trabajaba en la minera, un accidente le truncó la vida, a los treinta y seis años de edad.

La miseria en la familia se hizo atroz, Matthías, tenía imborrables imágenes en su memoria, que en más de una oportunidad las expresó a sus más íntimos y confidentes amigos en momentos de confianza, con frases conmovedoras por las penas y fatigas que debió superar y afrontar su madre para sostener la familia; y más dolor tenía con sus parientes, que se comportaron como si ellos fueran extranjeros y desconocieron este parentesco.

Para esa época, el más grande de los hijos, Louis, tenía solo trece años, mientras que Matthías, tenía solo cinco años; ante este panorama, los vecinos los emplearon como pastores para cuidar los animales, con un salario diario de cuarenta centavos al día.

En tal trágica y desesperada situación, a Verónica no le quedó otra salida que volverse a casar lo más rápido posible, y a solo diez meses de la muerte de Lorenzo, se unió a Luigi Nanzer, más joven que ella, de sólo veintitrés años y admirablemente, éste se encargó de la viuda y de sus hijos.

El más grande de los hermanos, Louis, poco tiempo después, dejó su trabajo de pastor y también, dejó su familia, para transformarse en aprendiz de carpintero, volviendo en poco tiempo después, para llevarse a Matthías e iniciarlo en la misma profesión, pero el trato que le dio el hermano no le permitió convivir mucho tiempo con él, y pronto Matthías, busco nuevos horizontes.

A los catorce años, Matthias tratando de huir de la vida de pobre, abandonó Macugnaga por el paso de Monte Moro, y se trasladó a trabajar a su pueblo natal, en Suiza; pero era muy joven y nadie quería arriesgarse a emplearlo; aunque en un albergue de la Sierre, por compasión y lástima, le dieron el cuidado de las mulas y del establo, no pudiendo en este período ahorrar ningún centavo del escaso sueldo, pero sí pudo aprender el idioma francés.

En una mina de plata, en el valle d´Anniviers, comenzó a ayudar a los trabajadores, siendo luego ascendido a minero de oficio. Pero agotado los minerales del lugar y el plan productivo de las minas, volvió a Sierre como cochero; posteriormente, trabajó en la construcción de un dique sobre el Ródano y en un túnel ferroviario en Loetschberg.

Un año después en la posada de Vallorbe, se adiestró en el trabajo de herrero o forjador. Algunos de sus amigos lo indujeron a volver a Italia, en donde pasó algunos años desempeñándose como trabajador en la industria textil, tareas que le fueron bien remuneradas para la época.

Pero su espíritu de aventura e inquieto, y en búsqueda de mejores horizontes, lo hicieron volver a Suiza, en donde no pudo evitar que lo incorporaran al servicio militar, y tuvo que pasar cuarenta y cinco días en Ginebra y en otros lugares realizando instrucción militar; todo esto le fue aportando experiencia y una vida rústica y ordenada, Alli aprendió y adquirió una capacidad y aptitud artesanal, que le facilitaron en el futuro sortear todo aquellos inconvenientes que se le presentaron, especialmente durante sus campañas en los distintos continentes, cuando ya convertido en guía de montaña acompañó a aquellos que le solicitaron sus servicios.

Luego, de esta estancia en Suiza, viajó a Túnez para acompañar a un distinguido señor de origen suizo, que tenía algunas propiedades en el país africano; de Túnez con una caravana de camellos, atravesó sólo las zonas desérticas hasta llegar a Argelia, pero este clima se volvió insoportable y recordaba Matthías que: por todos lados la tierra parecía quemar, luego, volvió a Túnez, con su empleador enfermo, no sin antes pasar por varias dificultades.

En este lugar se encontró con un amigo piamontés, que le sugirió que volviera a Argelia, aceptó la propuesta y allí consiguió otro trabajo mejor remunerado , pero no soportaba el clima tan cálido y decidió regresar a Europa.

Retrato de Matthias Zurbriggen


Sus primeros contactos con las montañas

Después de un período de reposo en Lausana, retornó al trabajo de artesano en Sion, pero apenas se enteró de una oferta de trabajo en Chile,decidió viajar a ese lejano país de Sudamérica, adquiriendo un pasaje en barco.

Previamente, cuando faltaban apenas veinte días para embarcarse, tomó la decisión de ir a saludar y despedirse de su familia, que se encontraba en Macugnaga y que no veía desde hacía once años.Fue recibido afectuosamente por su madre, hermanos y también por su padrino, enterándose que en su ausencia habían muerto algunos de sus hermanos.

La tenaz insistencia de su madre para que se quedara, conmovió a Matthias e hizo que descartara su viaje a Chile y se estableciera nuevamente en Macugnaga.

Allí, abrió una bodega o comercio, sin expresar en sus escritos de que ramo; para esa fecha cumplió veinticuatro años de edad, y como manifestó en sus escritos: Cuando fijaba mis ojos en las montañas, mi sangre hervía por las venas y deseaba de volverme un guía y compañero de escaladas, más este deseo creció en mi persona hasta hacerse irresistible.

Gracias a contactos con viejos guías, luego dueños de albergues, empezó a acompañar a alpinistas para emprender pequeñas expediciones a cerros tales como el Weisstor, el monte Moro y otros y como todo guía de la época fue plasmando sus experiencias en su pequeña libreta o también llamado libro del guía, en donde además, sus expedicionarios iban colocando sus impresiones, acompañadas de las fechas.El primer registro fue el 26 de agosto de 1884, y lo firma Movay Carlo di Martigny, el cual, luego de una travesía desde Macugnaga a Zermatt, por el Weisstor Nuevo, le escribió una muy buena referencia de su desempeño haciendo referencia a los conocimientos de guía; recordemos que este documento para los guías era como una carta de presentación o recomendación en esa época.

Ya en esa época, aparecen datos sobre su hermano mayor, Louis, el cual ya no residía en Macugnaga, sino en Zermatt, en donde, en el año 1879, junto a Ferdinand Imseng, había efectuado notables escaladas, algunas de las cuales son primeras ascensiones , como la del Rimpfischhorn, por la cresta Norte, la pared Oeste del Weisshorn y el Cervino por la Canaleta, esta vía tomó el nombre de su cliente, el señor W. Penhall.

Pero hay un detalle según los escritos que nos llegaron de su hermano, Louis, sobre que este llevaba un apellido parecido, pero no igual, quizás por error al ser escrito en los documentos de la época, lo llamaron Zurbrücken.También existen datos , aportados por la revista Alpine Journal, en donde se hace referencia de la muerte de Louis, en un accidente en América.

Es en este período en donde la profesión de guía se fue presentando como un trabajo muy rentable y no fueron solo los sedientos aventureros ingleses que popularizaron este deporte, sino que este deporte se fue extendiendo también hacia otros países como Alemania, Austria e Italia mismo en donde se hizo popular hacerse acompañar por los destacados guías especialmente de Macugnaga, como de otros centros alpinos italianos.Para muchos pobladores, esta profesión fue la lógica y casi inevitable salida de una experiencia ininterrumpida en la montaña, de pastores de cabras a cazadores de gamuzas y porqué no, de bandoleros o de contrabandistas.

Esta actividad soñada durante mucho tiempo por Matthias, fue una labor de liberación, meditada y elegida; pero debió aprender dentro de una dura escuela, la nueva profesión de ser guía, con entusiasmo y avidez por esto que había sido durante mucho tiempo la ilusión de su vida, y rápidamente logró desarrollar sus técnicas, poniendo de manifiesto su tenaz y ambicioso deseo, acompañado por un físico atlético y privilegiado.

Y a propósito de esto, nos deja sus impresiones Sir Martín Conway: De los compañeros de cordada, es tal vez, el que mejor me acompañó y, además, mostró ser un diestro escalador, capaz de ascender cualquier pared rocosa.

Allí también se le venció su pasaporte suizo y por estar fuera de la ley en el mencionado país, debió prestar servicio militar en Italia, país colonialista hasta ese momento, fue así que por casualidad se convirtió en ciudadano italiano.

Pero ninguno de los trabajos tan variados fue despreciado, y siempre bien predispuesto aprendió algo de cada uno de ellos que le sirvieron para el futuro en su vida. Tuvo también, una gran facilidad para los idiomas y se hizo entender en alemán, francés, italiano e indostano.


Matthias Zurbriggen, al pie del monte Sefton, 1896


El montañista y guia

Muy joven y en poco tiempo se convirtió en perfecto montañés, fue muy diestro en el trabajo de hielo y roca y siempre acostumbraba a trabajar con mapas, compás, y altímetro y preparar cuidadosamente cada salida a la montaña. Probaba a cada cliente que llegaba a solicitar sus servicios, fuera conocido o desconocido.

Se cuidaba de las avalanchas y en la roca adivinaba cada fisura, aunque estas estuvieran escondidas; su lema era: “El secreto del guía es la precaución.”

Salvo una vez, al inicio de su carrera pareció haber olvidado este lema o premisa, por cuanto prácticamente golpeó a su cliente británico, pero lo hizo para salvarlo del abandono que había adoptado su cliente ante las condiciones del mal tiempo en que se encontraban y, ante la negativa de seguir por el cansancio, lo abofeteó para sacarlo y logró salvarlo de un posible congelamiento, luego, el propio cliente, se lo agradeció.

¡Había nacido una estrella, en los cielos de los guías!... Sir Martín Conway lo definía: Como escalador, fue uno de los más completos técnicos, con la piqueta y la cuerda. Para Julius Kugy (1858-1944): Era un hombre de corazón tierno, una personalidad atractiva y amable.

La pared de hielo más alta de los Alpes, la pared Este del Monte Rosa, de casi 2.000 metros de altitud, está unida con su nombre. Siendo unos de los guías más exitosos de montaña, y no solo de los Alpes, sino también de otros lejanos lugares, tales como Karakorum, Nueva Zelanda y Argentina.

La temida y famosa pared Este del Monte Rosa, será su primer éxito como guía, acompañando a Prochasca, el 7 de agosto de 1886.

Prochasca, comentaba: Matthias construyó escalones sin parar durante 5 horas y apuraba a los demás. Y en sus escritos, Matthías decía: Todo el tiempo me mantuve en la punta, ... cuando llegué a la cima, parecía que habíamos abandonado la Tierra y nos encontrábamos en el paraíso. A partir de ese momento Matthias es presionado por los clientes, para guiar en rutas y cerros que hasta ese momento solo los conocía por referencias, tales como el Cervino, Jazzi, así como otras cumbres y travesías.

Luego de tales éxitos, los desiertos invernales de Macugnaga, le parecían una prisión y también recordaba: Cuánto hace que, por el pobre sueldo de cuarenta centavos, cuidé ovejas y cabras, para aliviar en algo la pobreza de mis padres.

Es así que se fue dedicando, a las crecientes expediciones, para esto, tenía facilidades como pocos, ya desde muy joven, se movió por el extranjero y vivió muchas aventuras en solitario.

Su despierta voluntad de aprender, su movilidad en las diversas condiciones que presentaba la montaña y su adaptabilidad en las diversas circunstancias a los viajes, le brindó una cualidad importante, ser el compañero de viaje ideal y el más buscado de la época.

Él dividió su vida para esa fecha, entre Macugnaga y Zermatt, centro de rápido crecimiento, que en aquella época podía bien desarrollarse como hizo en Chamonix, la cual, se ha considerado durante mucho tiempo como la capital mundial del alpinismo.

En Zermatt existía y funcionaba una especie de vitrina, donde se ponían en muestra para ser elegidos, como preferido o recomendado, los guías de montaña del momento. En efecto, frente al Hotel Monte Rosa, La verdadera casa de los alpinistas o la Meca de los alpinistas ingleses de la época dorada, como lo llamaba Longstff, surgía un murito de piedra, actualmente, sustituido por una pila de cómodas banquetas pintadas de rojo, donde podían sentarse solo los guías de valor excepcional…, existen fotos que testifican esta modalidad de la época.


Libreta del guía suizo-italiano, Matthias Zurbrigen y su foto


En el año 1887, lo vemos por primera vez integrando la cordada con el Ingeniero Oscar Eckenstein, una de las figuras más interesantes y controvertidas del alpinismo inglés a caballo del siglo XX. Con un hombre como este tipo, Matthias Zürbriggen debía atacar desde la primera hora de subida o volverse amigo. Lo que parece fue que estuvieron de acuerdo espléndidamente durante años, por supuesto a partir de ese momento, de esa primera ascensión. También en ese mismo verano del año 1887, Oskar Eckenstein (1859–1921) y Matthias, se dedicaron al Mischabel, esa salvaje secuencia de dientes de dragón todos superiores a los 4.000 metros que dan un aspecto tormentoso al horizonte Nor-oriental del valle de Zermatt y Taesch.

En seis semanas hicieron 5 primeras, no habiendo todavía trazos de refugio en la zona y Eckenstein y Zürbriggen, durmieron en una caverna en el Hohbergjoch, cerca de 2.500 metros, abierta debajo de un inmenso bloque, caverna que había sugerido a Marcel Louis Kurz (1887-1967), la siguiente observación futurista reportada en su clásica guía de los Alpes del Vallese: Se puede bien dar que, un día cuanto esté disgustado de sus refugios, el alpinista, retomará las costumbres de sus antepasados y volverá el hombre de las cavernas y de los vivaques. Escalaron primero la cresta Sudoeste del Dürrenhorn de 4.231metros SNM., y descendieron primero la cresta Sudeste hasta el Hohbergjoch.

Era el 30 de julio, siguió la primera del Nadelhorn de 4.327 metros SNM. Por la cresta Noroeste, el 8 de agosto, son los primeros en conquistar la cima del Cuerno, del Spillo, del Stecknadelhorn, de 4.242 metros SNM., partiendo del paso homónimo.

Al fin, tres días después, fueron los primeros en alcanzar el Nadeljoch, de 4.213 metros SNM., por un camino o ruta que luego hizo exclamar a Kurz: Es propiamente divertido constatar como Eckenstein, el inventor de los grampones que han inmortalizado su nombre, el futuro promotor de la nueva técnica de hielo y el gran enemigo del corte de escalones, no haya aprovechado esta ocasión para subir en la línea de máxima pendiente y haya preferido en cambio rocas abominables donde la caída de piedras es frecuente.

El autor y cartógrafo suizo, Eckenstein, siempre con Matthias y con dos guías y dos alpinistas, escalan el 7 de septiembre, por primera vez el inmenso cerro nevado sobre la pared Sudoeste del Dom de 4.545 metros. SNM., la más alta cima enteramente situada en territorio suizo. Kurz, la juzgó una ruta peligrosísima y porque la recorren todas las avalanchas que se descargan sobre ese lado.

De aquella campaña del año 1887, Eckenstein dio un balance muy sintético sobre el libro de guía de Matthias y así concluye: Lo puedo recomendar sobre cada aspecto: su capacidad de soportar el frío y la intemperie, el buen humor demostrado en circunstancias muy difíciles, quedando grabado en mi experiencia. Habiendo dormido plácidamente por 13 noches a cielo abierto, ya que nuestro vivac era involuntario e impuesto por el mal tiempo, he tenido la mejor ocasión de juzgar su calidad.

El libro de Matthias, durante el resto del período del año 1887, se colma de elogios y recomendaciones: Excelente guía, lo llamó el señor Blahme de Bonn, Guía absolutamente competente y compañero interesante; lo recordaron los ingleses Cocsquell y Ould y su coterráneo Battersbi, después de atravesar el Adlerpress, No he encontrado en ninguna parte uno semejante.

Otro inglés, C. Tusdale, lo destaca con: Mucho agrado, por el trabajo realizado, por Matthias y promete que: En una ocasión futura se asegurará de sus servicios.

Th. Eolf de Berlín, lo juzgó: No solo es un guía de gran experiencia, es también un hombre siempre de buen humor, jovial, que sabe hacer más placentero los rigores de una escalada alpina.

Otro inglés, John Cavenagh, no solo lo catalogó como: Ejemplo de capacidad, prudencia y atención sino también como: compañero muy agradable, apelativo que otros voluntariamente repitieron.

Zürbriggen, se presentó por primera vez en esta joven actividad deportiva, como un joven controlado, calmo, jovial y chistoso, sobrio y alejado de los excesos que desarrolló en los años más maduros, tenía ya un carácter fuerte y voluntarioso, y la premura por su atención al cliente, lo cual se volvió extremadamente simpático y por estas cualidades muy buscado para hacer de guía.

Para esta época, entró en escena otro personaje que Matthias recordaba en su biografía varias veces, con estima y porque no con afecto, el abogado londinense Arthur Frank de Fonblaque, autor de varias vías nuevas en el distrito de Saas-Fee, como la del año 1891, en la pared Noroeste del Alphubel.


Mattias Zurbriggen y May Kinsey


A finales del año 1888, su firma aparece en el libro, después de un ascenso al Triftjoch con el siguiente juicio sobre su compañero de cordada, Guía habilidoso y compañero agradable y de buen humor; fue en el año 1895, cuando atravesó con Matthias, el Grépon.

H. Fison, después de una travesía del Triftjoch y del Col D’Hérens, tributó a Matthias los habituales agradecimientos; no sabemos si se identifica con aquel H. Fison, que en las memorias de Zürbriggen aparece como protagonista de un episodio ya famoso; en el descenso del Cervino, en medio de una feroz tormenta, este señor preso de un colapso físico y psíquico se niega categóricamente a seguir, se sentó y dijo basta; resultó en vano cualquier forma de persuasión, coñac incluido, que en su saco siempre llevaba Zürbriggen, el cual, se puso a pegarle a su monsieur, hasta que este emprendió el descenso, aunque iba a colocar la denuncia correspondiente en la policía por este mal trato, pero en la mañana siguiente, luego de pasarse aquellos duros momentos en fue protagonista, no lo hizo y siendo todo lo contrario, testimonió concretamente todo su agradecimiento al enérgico guía, que salvó su vida, cuando se estaba abandonando por el desgaste y cansancio.

En el año 1889, lo encontramos nuevamente en una cordada con Eckenstein para abrir directamente desde el glaciar Schönhiel, una nueva vía sobre la pared Sur del Dent Blanche de 4.357 metros. SNM., Expuesta a la caída de piedras y hielo, como la definió Marcel Kurz, que ya había alcanzado la cima días antes, por la cresta Sur con el inglés Walter Cosser.

Partiendo de Zermatt al mediodía del 1 de septiembre, volviendo a la mañana del 3, sin haber cerrado los ojos y sin darse concesiones, una lucha digna de su nombre, que Guy de Monpassant llamó la mostruese coquette. Eckenstein en el libro así sintetiza: No conozco otro guía que lo pueda igualar.

Completamente fuera de estación, el 24 de noviembre, Matthias acompañó al Weissthor, a Carlo Cerruti y Carlo Locatelli, que con términos superlativos elogian su: Destreza, habilidad y sangre fría.

El año 1890, estuvo marcado por un evento muy doloroso para Matthias, el 21 de marzo, murió en Macugnaga, su querida madre Verónica, a quien, quizás, la fama profesional de su hijo le haya podido llegar a compensar tantos años de vida de sufrimiento.

Pero los elogios sobre este guía continuaron incrementándose, y es Herr Still, que se expresó de él en estos términos: Consejero imperial secreto de correos, dio a Matthias el calificativo de: Particularmente gallardo, experto, ágil, siempre voluntarioso y hábil y al mismo tiempo modesto.

Mes después, dos suizos, guiados al Dom afirmaron que: No será posible encontrar mayor elogio, para la calidad de este excelente guía. Aparece también en su libro de montaña, que lo acompañaba siempre, la firma del escritor de montaña, Harold Spencer, que, después de una travesía por el solitario Weissthor escribió: Su inalterable alegría ha mantenido en alto el espíritu, en todo el transcurso y en cada punto difícil, nos hemos sentido en las manos de un gigante.


Matthias Zurbrigen


Aparece el ferrocarril en el Valle de Zermatt

En el año 1891, fue un año capital para el desarrollo del valle de Zermatt, después de 3 años de trabajo se inauguró la vía a cremallera que une el centro alpino con Viège en el fondo del valle y que aseguró como se lee en un manifiesto publicitario de la época, un “trajet rapide” desde París, en solo 20 horas.

Matthias, lo expresó en sus memorias, recordando la importancia del ferrocarril para el desarrollo del alpinismo. El 4 de setiembre de ese mismo año, después de una nevada de tres semanas que acobardaba a los guías de Zermatt, alcanzó la cima del Cervino con Eckenstein y el editor ingles Fischer Unwin, acarreando envidias y antipatías entre los colegas suizos, como el mismo se complació en recordar, mientras Fischer Unwin exalta su: Gran fuerza, el juicio exacto y el cuidadoso conocimiento de la montaña.

Al regresar al refugio del Hörnli encontró un joven alpinista inglés, ágil, distinguido, reservado y ambicioso como él, Edward Fitz Gerald. Fue un conocimiento y encuentro fugaz, pero que permitió que se repitiera con el tiempo, con resultados no pensados en ese momento. Dos semanas después acompañó al general inglés Wilson Blankley sobre el Obergabelhorn y éste aseguraba: Nunca en mi vida he visto guiar así, ni he recibido con tanta rapidez, atención y cortesía

Montañistas listos para ascender el Monte Sefton al sur de Los Alpes, 1895. De izq. a der.: Matthias Zurbriggen, Edward Arthur Fitzgerald, A M Oliver, George Edward Mannering, and Jack Adamson


Himalaya, Nueva Zelanda y Argentina

El mismo verano el hermano Louis y el ingeniero Oskar Eckenstein, recomendaron a Matthias a una personalidad inglesa llegada a Zermatt a buscar un guía, para una poderosa expedición de exploración en el Himalaya.

Era sir Martín Conway, una destacada figura del alpinismo inglés, que leerá su nombre en letras grandes del alpinismo mundial. Para la vida de Zürbriggen fue una gran oportunidad desde el punto de vista del deporte de montaña.

En el comienzo del año 1892, Sir William Martín Conway, preparó la primera expedición al Baltoro, en el Karakorum. Buscó la colaboración de Charles G. Bruce, Matthias Zürbriggen y el coronel Lloyd Dickin, juntamente con cuatro sherpas, que completaron el grupo. La expedición añadió un propósito deportivo a su carácter científico. Esta expedición inglesa se dirigió en barco desde Europa a la India y atravesó a pie la cadena del Cachemira a través del paso de Burzil.

Sus primeros éxitos fueron las primeras ascensiones al Pionner Peak, de 6.890 metros SNM., estableciendo un récord de altura, el contrafuerte del Golden Throre y el pequeño Cristal Peak. Sir Conway, juzgó que había alcanzado la mayor altitud lograda por el hombre, y a su regreso es ennoblecido por sus tareas.

Mientras tanto nuestro alpinista se consagró como guía, director de expediciones alpinas, como conductor de grupos, por cuanto controló a los sherpas que llevaban la logística y también como zapatero, al arreglarles 21 pares de zapato a los integrantes del Regimiento 5to de Ghurkas; por este motivo se le solicitó que se integre a la unidad militar, como parte efectiva de ella, la cual rechazó la oferta.

En los años 1894/95, otro británico le solicitará sus servicios, esta vez fue Edward Fitz Gerald, llevándolo como guía a Nueva Zelanda, allí ascendió el Mont Seal, Mont Tasman y el Hidinger, y luego de dos tentativas venció el Sefton; en su cumbre impidió la caída de Fitz Gerald, que podría haber sido trágica, salvando su vida por milagro, pues su cuerda casi se corta; también escaló él, el Mont Cook; todas estas conquistas y su buen desempeño le permitieron obtener un contrato de cinco años con el jefe de expedición.

A finales de 1896, viajó a Argentina, en busca de la conquista del Techo de América, exploró, reconoció y descubrió la ruta de subida, y en uno de los viajes hacia la base del cerro, la corriente del río Horcones arrastró su mula junto con él aguas abajo, estando a punto de ahogarse, su acompañante el arriero Sosa, lo consiguió sacar, enlazándolo y recuperando de las turbulentas y frías aguas de este río que nace en las entrañas mismas del Coloso de América, el Aconcagua.

Fitzgerald y Matthias Zurbriggen, en el Monte Cook, Nueva Zelanda

Fitzgerald y Matthias Zurbriggen, en el Monte Cook, Nueva Zelanda. Foto: www.arcoffeen.com


El Aconcagua

Hacer sencillamente mención del nombre de Matthías Zürbriggen, no es bastante, sin embargo, en efecto, Sir Edward Fitz Gerald, jefe de la expedición, fue la cabeza que pensaba, mientras que Matthías, fue el brazo que ejecuta; si el primero fue la inteligencia, la ciencia, el segundo fue la fuerza, la experiencia; eran necesarios el uno al otro, se complementaron mutuamente, sin los esfuerzos reunidos de ambos, una empresa como la ascensión al Aconcagua no se podría haber intentado.

Fitz Gerald, fue el capitán del navío, él fue quien había concebido la idea de la empresa, quien estudió los mapas y trazó el derrotero que había que seguir para llegar a los continentes ignorados.

Matthías Zürbriggen fue el piloto que, con mirar el horizonte o los astros, predijo los temporales y con mirar el color de las aguas, adivinó la presencia de las rocas invisibles en la ruta a seguir, fue que, sin él, a pesar de la ciencia del capitán, el barco se estrellaría.

Además, Matthías Zürbriggen, como hombre y como guía, fue todo, una persona sui generis en extremo interesante, no ya sólo para el periodista que, con miras y pretensiones modestas solo busca temas curiosos y actividades novedosas, sino para el mismo filósofo y el psicólogo, para los cuales constituye un valioso documento humano, para un estudio comparativo sobre la idiosincrasia propia del hombre de la llanura y del hombre de la montaña, para conceptuosas consideraciones y deducciones en cuanto a la influencia del medio.

Cuando Matthías Zürbriggen, integró esta expedición tenía la edad cuarenta años, la plenitud de edad de un buen andinista, edad en que se combina y equilibra, experiencia y desarrollo físico, para este tipo de empresas.

Un contemporáneo lo describe asi : Era de estatura más que regular, con la tez un tanto colorada, con la barba rubia y bigotes poblados, con los cabellos cortados al rape y dos aritos de oro en el lóbulo de las orejas, era de aspecto en extremo simpático. Su frente bien despejada y un tanto arrugada, se le marcaba el sello de una energía invencible; su cuello era de un toro; su tórax y sus brazos de un atleta; sus manos eran como garfios de hierro y donde se posaban allí se sujetaban como una ventosa; sus piernas eran dos columnas y sus pies dos inmensos zócalos que exigen toda esa arquitectura sólida, esa estructura ciclópea, esa musculatura de un Hércules. Asimismo, en sus movimientos, en sus ademanes había una gran languidez, en su fisonomía toda una extraña suavidad y esa bondad fruto de la compasión o quizás del desdén que solamente los fuertes conocen. Su mirada llamaba desde luego la atención y asombraba: sus ojos tenían un color extraño, mezcla de azul y celeste claro, verde de agua y de ópalo. A fuerza de contemplar los cielos y los glaciares de la altura, el cristalino de sus ojos quizás haya tomado poco a poco el mismo color de los azules ventisqueros.” Tres fueron los intentos y el cortejo a tan ansiada cumbre por este destacado alpinista, a la montaña de América, y como una dama se doblegó ante tan perseverante insistencia, y el 14 de Enero de 1897, sólo, llegó a coronarla, el corazón le bailaba en el pecho, lleno de emoción y cansancio; y se convertía de este modo en el soberano del cerro; minutos después, en un mojón de piedras levantado como testimonio de su presencia depositó su piqueta, la cual fue bajada un mes más tarde por otros integrantes de la misma expedición. En medio del júbilo de sus compañeros, llegó al campamento de altura agotado, pero con la satisfacción de haber vencido las dificultades propias que le imponen las exigencias de una actividad tan particular como es el deporte de montaña, la de vencer el músculo por medio del espíritu, se convirtió en el Primero, en el Soberano.

Pero reviviremos ese día, con una descripción realizada por el jefe de la expedición Edward Fitz Gerald: La mañana del 14, los hombres estaban fuera de la tienda desde antes del amanecer, preparando la comida.

Desayuné abundantemente. No hacía frío; a las 07,00 horas, salimos Zürbriggen, Pollinger, Lanti y yo, en dirección al peñón que señalaba el límite alcanzado por Güssfeldt, que en dos horas y media alcanzamos, pese al camino empinado y con cantos rodados. Más allá se veía un piso firme y de menor pendiente.

Pollinger se desvió a buscar un saco de provisiones, que nuestra anterior tentativa depositamos a 22.000 pies, y los tres restantes encaramos la nueva ruta, más fácil y al abrigo del viento. A las 10,00 horas, reiniciamos la marcha, alcanzando a las 12,30 horas, 1.000 pies por debajo del pico mayor del Aconcagua y allí nos sentamos a esperar a Pollinger, con la mochila de provisiones.

Un detalle, la botella de champaña, que había estallado, nos llenó de desconcierto, pese a lo natural del fenómeno.
Eran las 13,00 horas, sentí de pronto que no podía moverme; no necesito hablar de mi desilusión. Ordené a Zürbriggen que siguiera solo, y a los tres cuartos de hora ya lo vi 400 pies por encima de mí.


Matthias Zurbrigen


Me separaban de la meta 400 yardas escasas, pero sentí que nunca llegaría a ella. Traté, empero de seguir y a los dos pasos me desplomé ahogado y con náuseas.

Varias veces me paré y otras tantas sufrí el mismo síntoma; la vista se me nubló y andaba como en sueños; la montaña giraba a mi alrededor. Envié a Pollinger al campamento y de allí a Inca a buscar caballos y ordené a Lanti, que me condujese a las carpas.

Nunca olvidaré lo que siguió; las piernas se me doblaban y me lastimaba en los pedruscos. No sé cuánto tiempo me arrastré en ese miserable estado: una hora y media quizás. Al llegar a un planchón de nieve, me tiré sobre ella y rodé montaña abajo.

A las 17,00 horas, llegué al vivac sin náuseas, pero con un dolor de cabeza que me cegaba. Una hora y media después, llegó Zürbriggen. Había ganado la cumbre y plantado en ella, un hacha para hielo.

Estaba atontado de fatiga y parecía, que tal era su debilidad y cansancio, que no daba ninguna importancia a su triunfo.

La noche la paso entre los más extraños ruidos: jadeos, respiraciones agitadas y ahogos. A la mañana siguiente clausuramos nuestro campamento y volvimos a Inca.

Así fue conquistado el Aconcagua.

Unos meses después junto a Stuart Vines, conquistaría unos de los cerros más imponentes de la cordillera de los Andes, el volcán Tupungato. Matthias Zürbriggen era un comerciante neto: más tarde en las calles de Mendoza ganó bastante dinero vendiendo piedras de la cumbre..., según datos obtenidos por Sylvain Jouty, pero según se supo después, eran piedras que había recogido en la entrada del cerro más precisamente, en proximidades de la laguna de Horcones, pero como nadie sabía pudo hacer así su negocio de la venta de las preciadas piedras.

No menos importante la descripción que realizaron el el libro Historia del Aconcagua, Punzi, Ugarte y De Biasey, nos decía: En el año 1896, en Inglaterra, Edward Fitz Gerald, organizó febrilmente su expedición, que integra con un selecto conjunto de científicos, hábiles guías y decididos acompañantes. Algo le dice que el gigante argentino oculta porfiadamente el secreto de su cima, y que la empresa será titánica.

El abundante instrumental previsto, el vestuario especial, la confección de carpas y albardas adecuadas, y el cúmulo de medios y recursos a que echa mano Fitz Gerald para equipar su expedición dan una clara idea de la magnitud de los trabajos proyectados, y del respeto que el Aconcagua inspira al veterano alpinista, que el 15 de octubre se embarcó en Southampton a bordo del Thames, rumbo a Buenos Aires.

¿Qué sabe del Aconcagua Fitz Gerald? Poco, bien poco, ciertamente. En su amenísimo “The Highest Andes”, el científico inglés dice conocer los trabajos de Güssfeldt, los escritos de T. W. Hinchliff (1876) y Eliseo J. J. Reclus (1875/1894) y los grandes lineamientos del Paso de los Andes de José de Sn Martín, el primer montañés de América.

Bien se ve que tales datos, tan generales, mal pueden orientar una acción sobre el Aconcagua, que requiere la posición del dato preciso, el detalle topográfico, el reconocimiento minucioso de la ruta y el sitio del campamento.

Güssfeldt, por demás, ha venido en dirección contraria (desde el Norte), y de nada valen, pues, sus observaciones. Y otro inconveniente, el primer explorador científico del valle Horcones, el alemán Jean Habel, ha recorrido en el 1893/1895 los aledaños al famoso monte, ha inspeccionado los glaciares y las nacientes del río y ha sacado una utilísima serie de fotografías; pero, aunque publica en el Ansichten aus Südamerika, el resultado de sus excursiones, Fitz Gerald, las desconoce al emprender su viaje. Y más todavía, Habel, ignora la identidad del Aconcagua, y en sus documentos gráficos lo llama…cerro Almacenes.

Además, fuera de los dispersos relatos de los miles de viajeros que van y vienen por el camino de Uspallata de Chile a la Argentina y viceversa, que carecen, como se comprenderá, de todo valor geográfico, Fitz Gerald, tiene a mano alguna bibliografía de significación científica referente a los alrededores del buscado macizo. El mismo dice. “Mi intención era llegar al Aconcagua por la Argentina, por el valle de Mendoza, donde corre un camino que finalmente cruza los Andes por la cresta llamada La cumbre y desciende a Chile. Este paso, llamado de Uspallata, pasa cerca de la base del Aconcagua. Se han escrito muchos libros sobre esta ruta; sus autores son viajeros. Uno de los primeros científicos que lo cruzó fue Darwin, y el capítulo del Crucero del Beagle, en que describe la expedición, representa parte importante de la literatura sobre el Aconcagua.


Mattias Zurbriggen, Signor Borsalino y Jack Clarke


El gran naturalista desembarcó en Valparaíso, en marzo de 1835, y luego de pasar a Mendoza, por el paso del Portillo, más al Sur, regresó a Chile por La Cumbre.

No se apartó de los caminos ya conocidos por miles de viajeros, pero sus observaciones sobre la naturaleza del terreno, especialmente su geología, son todavía de gran valor. En 1849/52, una partida norteamericana de la “Expedición astronómica naval de los Estados Unidos al Hemisferio Sur” hizo varias expediciones que han sido descriptas por Gilli, su jefe. Stelzner, en el curso de su prolongada excursión geológica por América del Sur, cruzó los Andes por una ruta más difícil, al Norte, y los cruzó a su regreso por La Cumbre y el valle de Mendoza.

Por eso, en lo que se refiere a los caminos frecuentados por donde los guías chilenos y argentinos llevan a los viajeros a través de los Andes, poco queda por ver que no lo haya sido descrito anteriormente. Los trabajos de los hombres que he nombrado y de los otros como Pissis y Stübel, se han orientado principalmente hacia la geología.

Muy pocas veces los andinistas han pensado en aproximarse a las cordilleras sureñas y gran parte de esta tierra es todavía virgen, ya que con rara unanimidad los deportistas han concentrado sus energías sobre los picos del Ecuador y más al Norte: Humboldt, Boussingault, Whymper, Reiss, Stübel, Welh, von Thiel…

Pero en el territorio que yo había elegido, Güssfeldt, fue el único antecesor.”

Asimismo, al par que se medita acerca de los pobres antecedentes a que el isigne sabio inglés debió recurrir, surge un segundo interrogante: ¿Qué medios, qué regiones optimas para campamento, que líneas de comunicación y que instalaciones hay en la zona, con vistas a establecer un eficiente centro de abastecimiento hacia el Aconcagua, para su numerosa cuanto importante expedición?

Desgraciadamente poco hay. El Ferrocarril Trasandino, en plena instalación, ha llevado a la bancarrota a la empresa constructora y sus rieles solo llegan hasta Punta de Vacas.

Y más allá de los viñedos y las praderas con álamos de Mendoza, está la tierra inculta cubierta de arbustos, las paredes rocosas de pórfido y granito, los cerros colosales cerrando a cal y canto un Aconcagua de incertidumbre y de misterio que enciende en el alma de los lugareños una suerte de terror supersticioso. Por demás, el Punta de Vacas que Fitz Gerald, encontró no es sino un pequeño refugio de madera, con algunos cobertizos y chozas de barro inundadas, provistas de camastros de paja…

Así llega Fitz Gerald al teatro de sus hazañas. Ni bien baja del tren en Punta de Vacas, ordena acarrear sus cuantiosos bastimentos a media milla de la estación y establece su vivac, su primer vivac, en esa campaña que durará siete meses, de 10 carpas y 50 bultos bajo un cálido cielo estrellado y en la boca de cuatro valles que bate incesantemente el aire arrachado de los Andes.

Corrían los primeros días de diciembre de 1896. Pero el europeo no se da respiro. Aún no ha parado campamento definitivo y ya está presto a subir a verle la cara al Aconcagua.

Pero, ¿por dónde?... los arrieros nada saben. Entonces a la manera de Güssfeldt, catorce años antes, va a encontrar desde el Sur a su montaña.

Y a las 05,30 horas, de la madrugada del 9 de diciembre, rompe la marcha.


Saas-Fee, localidad donde nacimiento de Matthias Zürbriggen, en una pintura o litografía de 1863


Con su presencia, el claro ambiente cordillerano se puebla de extrañas resonancias. Es que alguien se acerca al Centinela de Piedra, después de tres lustros de silencio.

Fitz Gerald, Zürbriggen y el arriero Sosa, en pequeña caravana, comienzan desde el Sur la búsqueda del vértice superior de América. El sueño secular de la quebrada virgen se turba al rayar el alba, mientras las vagas figuras suben juntos al cauce del torrente y estallan en las piedras los firmes pasos de los caballos. Extensiones de arena amarilla, arbustos raquíticos y pastos adheridos a las rocas desfilan ante los jinetes cuando se entra al franco callejón de la hendidura del valle de Vacas.

¿Hasta dónde llega el británico donde esto es su primer tanteo del laberinto que oculta el Aconcagua? La jornada es agotadora, finaliza a las 16,00 horas, luego de 10 horas de marcha, y es probable que la zona alcanzada para entonces sea el valle de los Relinchos, a juzgar por los planos agregados a “The Highest Andes”.

Fitz Gerald, contaba: “A la mañana siguiente, 10 de diciembre, Zürbriggen y yo decidimos escalar un cerro, próximo al lugar en que nos encontrábamos, esperando ver desde la cima, nuestra montaña.

Subimos por grandes laderas de escombros siguiendo las pequeñas sendas de los guanacos, que allí parecían ser muy abundantes.
Al rodear una loma hallamos media docena de estos animales pastando tranquilamente.

Zürbriggen, gran cazador, gruñía de rabia por carecer de armas. Cuando llegamos a la cima grande fue nuestra desilusión, pues no era sino una loma de otro pico mucho más alto.

Estábamos muy cansados. Nos acostamos en el piso y nos dormimos. Cuando nos despertamos, un gran pájaro volaba en circulo sobre nosotros; era un cóndor, que evidentemente, nos creía muertos y venía a tomar su alimento.

Al movernos, se elevó en los aires y desapareció. Estábamos a 16.000 pies y 2.000 metros por debajo de la cumbre vecina. Regresamos y a las 11,00 horas alcanzamos nuestro campamento.

Volvieron Zürbriggen, Fitzgerald y el baqueano, llegaron luego de una larga jornada de marcha, por la quebrada que remata en el valle de los Relinchos, lugar este desde donde divisan a su majestad, todo esto inducidos por el guía que por tentar por este lugar los llevó a ver el acceso que por ese entonces se toman como una ruta impracticable; Fitzgerald, ordenó el repliegue, dando por concluido el acceso por este lugar y los mueve a buscar por otro acceso, y ordenó, trasladarse a Puente del Inca.

El 14 de diciembre, la nueva base se encuentra instalada, en la desembocadura de Horcones, desde donde se trató de realizar nuevos reconocimientos; llegaron hasta el límite para observar desde lejos que las dificultades son mayores por que se les antepone el cordón del cerro Tolosa; desde el límite solo se llega a observar la parte más elevada del Aconcagua.

Además, el rigor de la pesada mano del clima los hace probar a pesar de la época del año, el furor de la nieve y del viento, que entumecieron a los jinetes que con sabor amargo regresaron al campamento de Puente del Inca.
El 18 de diciembre, Zürbriggen y el arriero Sosa, acompañados por sus respectivas mulas y una carguera de repuesto, se introdujeron en el laberinto del río Horcones para visitar las entrañas mismas del Coloso.

El mismo día, que se habían internado en la búsqueda de la ruta de ascenso, el mismo día llegaba la noticia desde Chile que el Club Atlético Alemán de Santiago de Chile, estaba iniciando los preparativos para intentar por la ruta de Güssfeldt, el ascenso al cerro, esto hizo poner un poco nervioso a Fitzgerald, ante la posibilidad de que los chilenos le arrebataran la posibilidad de ser ellos los primeros en coronar el cerro.
Ya en la zona de Horcones Inferior, Matthías, observó la pared Sur y se dio cuenta que por esa ruta era imposible encarar el intento y pensó que era mejor seguir adelante por la retaguardia de la inmensa pared que observaban.

Posiblemente o en la vega de Horcones inferior o al terminar la Playa Ancha, los detiene el cansancio de la jornada y de la tarde que se va apagando y arman la carpa para pasar la noche; al otro día, Matthias, hizo regresar a Sosa y él siguió, reconociendo hasta llegar a la base del propio cerro.


Vista del Alto Valle de Saas desde Klein-Allalinhorn, con el paso del Monte Moro al centro


Hombre y ganado se encontraron bastante agotados por la larga jornada del fatigoso reconocimiento, dieron por concluida la misma y regresó a la carpa que había dejado en la jornada anterior.
Nuevamente, al siguiente día volvió con su tozudez y obstinación para intentar descubrir la ruta de ascenso.

Volvió sobre sus rastros, continúa hasta aproximadamente lo que hoy se conoce con el nombre de Nido de Cóndores, no solo descubrió la ruta normal del cerro sin saberlo, sino que se unió a la huella que había elegido en el año 1883, Paul Güssfeldt, cuando hizo su intento; luego, inició el regreso, después de maravillarse del horizonte hacia el Oeste lejano que se unía a la cinta azul que mostraba el océano Pacífico.

De regreso, llegando casi a lo que actualmente se conoce como Plaza de Mulas superior, Zürbriggen y cabalgadura ruedan hacia abajo, lesionándose el caballo, lo cual hizo imposible de montarlo, provocando que debiera pasar la noche a la intemperie y sin probar bocado.

Al día siguiente y luego de un día de una marcha agotadora y complicada, llegó a la carpa; reiniciando la marcha al día siguiente, encontrándose en proximidades de la Laguna de Horcones, con Vines y el arriero Sosa, que ante la ausencia y pensando lo peor habían marchado en su búsqueda.

El acicate de la inesperada competencia y la feliz noticia del suizo, de ver la posibilidad de una ruta posible para el ascenso, impulsó a Fitzgerald, a forzar la tentativa y fue así que el 23 de diciembre, 6 hombres y doce bestias rompieran la marcha en la mañana de ese día, siendo el propio Fitzgerald, quien describe: El escenario era salvaje y pintoresco. A lo largo de la ribera del río, grandes pilares de barro y piedras semejaban el valle Evolena de Suiza, junto a las montañas, cuyos costados mostraban maravillosos colores estratificados.

Pasamos junto al Almacenes, de curiosas series de capas de rocas absolutamente regulares y de casi todos los tonos concebibles.

Fue menester vadear otra vez el río. Casi no podíamos manejar las mulas; hubo que parar varias veces a reajustar las cargas. Por fin, luego de cruzar interminables laderas de escombros, llegamos a la parte más elevada del valle Occidental.

La vegetación había cesado y aparecieron vastos espacios lisos de detritos, de casi media milla de ancho. Al mediodía avistamos el lugar donde Zürbriggen estableció su campamento intermedio bajo un pico de forma de horca. Allí almorzamos y luego continuamos el viaje; el aspecto del valle comenzó a cambiar, en vez de lechos planos de nieve atravesamos grandes acumulaciones de nieve sin derretir.

El camino era difícil, y se tornó peligroso para los animales. Caímos muchas veces antes de arribar a la cabeza del valle, donde llegamos a las 16,00 horas, afortunadamente, sin sufrir accidentes serios. Como la falta de pasto hacía imposible llevar más lejos las mulas, descargamos nuestro equipaje y establecimos un vivac que luego llamamos campamento de los 14.000 pies, justo en la punta del glaciar Horcones Superior.

Habían llegado a lo que actualmente es llamado Plaza de Mulas Superior, Fitzgerald, lo mueve el incentivo de llegar a ser los primeros y esto hizo que ese día no se lo tomara en descanso al pie del cerro y siguieron la marcha hasta unos 600 metros más arriba donde improvisaron un vivac, donde los fatigados hombres y bestias, a la intemperie pasarán la dura noche, cobrándose la primera víctima de la altura, el fornido y alto Lochmatter, quien preso de las náuseas y los vómitos pasó una horrenda noche, debilitándose por el malestar.


Oscar Eckenstein, inventor de los grampones de diez puntas, con su esposa, en una fotografía de 1920.
Foto: libro de Felice Benuzzi, Mattia Zurbriggen Guida Alpina


Al día siguiente, cuando empezaba a colorear, cinco andinistas saliendo de sus sacos de dormir, solo pueden tomar un tibio café, que alcanzaron a desentumecer de la noche helada que han tenido que soportar, pero, de todas formas, los entusiastas montañistas reinician la ofensiva por la pendiente cubierta de material de acarreo, tornándose un pesado ejercicio en el avance lento hacia la lejana cúspide.

La propuesta de llegar hasta el lugar reconocido por Zürbriggen, se fue haciendo cada vez más lejano y cada vez más se repiten los descansos para recuperarse del agotador esfuerzo.

Han alcanzado los 5.200 metros aproximadamente, los estragos que hizo la altura, el mal descanso del día anterior y la falta de adaptación, produjo que instalaran en el lugar el campamento de altura provisorio; mientras que Lochmatter, regresó ante la falta de recuperación, al campamento del valle.

Los andinistas pernoctaron en pequeñas e incómodas carpas, ronquidos malestares e insomnio, fue aquel programa de la Nochebuena de 1896; uno de los integrantes le dice a su jefe, Fitzgerald, Feliz Navidad, a lo que Fitzgerald, le contestó: Que no lo era, con lo cual, finalizó la cuestión.

El guiso irlandés en el desayuno, frío y con la grasa helada que debieron disolver en la boca, constituyó un pobre y asqueroso desayuno; no había leña, lo que probaron les produjo náuseas y violentas arcadas.

Todo eso hizo esperar la salida, cuando el tiempo calmó sus energías y todo presagiaba el buen tiempo, solo dos personas se encontraban en condiciones de seguir y así lo hicieron, Zürbriggen y Fitzgerald.

Su objetivo era buscar el lugar apto para instalar el campamento de altura, llegaron al lugar y de ahí, visualizaron la cumbre e hicieron un mal cálculo, el cual, en dos o tres horas podrían alcanzar la cumbre y se lanzaron hacia ella, groso error, desde allí 10 largas horas, eran necesarias para alcanzarla.

A las 2 o 3 horas de marcha, Fitzgerald, se encontró agotado y los dos hombres, decidieron regresar, alcanzando el campamento desde donde habían salido.

El día 26 de diciembre, llegaron los víveres frescos y los medios para calentar los mismos, se repusieron las fuerzas y las ganas y trasladaron el campamento de altura al actual Nido de Cóndores; al llegar, Zürbriggen, solo, decidió continuar para reconocer ruta de ascenso, día completo que logró ascender un poco más de 600 metros, del campamento de altura, regresando con la buena nueva de haber encontrado el mojón de piedra y la tarjeta depositada por Güssfeldt, en un envase, en la cual había escrito el alemán: Segunda tentativa al cerro Aconcagua, marzo de 1883.

Fitzgerald, luego de este arduo trabajo del equipo, ordenó replegarse hacia el valle de Horcones, había que recuperar energías en sus integrantes, reunir y seleccionar el equipo adecuado y material necesario y planificar el ataque quizás final.

El 30 de diciembre, la columna de la expedición se trasladó nuevamente, hacia el campamento de altura de Nido de Cóndores, donde llegaron a la noche luego de una larga jornada, que finalizó sin poder encender la leña que llevaban para calentar el agua y la comida, y se debieron conformar con una sopa tibia.

El 31 de diciembre, a las 05,45 horas comenzó el vía crucis hacia la preciada cumbre, los integrantes animados por la esperanzada idea de coronar la cima, se entusiasmaron, eligiendo el camino más corto hacia la tentadora cima, pero el frío de la mañana y la caricia del viento helado comenzó a hacer estragos empezando por Zürbriggen, que se detuvo al no sentir sus pies, insensibles, lo que alertó a Fitzgerald, que sin perder la calma le sacó los zapatos y comenzó a realizarle masajes, para recuperar la circulación sanguínea en las extremidades; el propio Fitzgerald, lo describe: Dramática y a la vez pintoresca fue la escena del accidente a Zürbriggen; le pregunté si se sentía mal, a lo que respondió manifestándome que no sentía sensación alguna en los pies. Trató de saltar y patear las rocas para restablecer la circulación y yo comencé a alarmarme.


Grupo de los Mischabel Occidentales donde Matthias Zürbriggen con el ingeniero Oscar Eckenstein, efectuaron importantes primeras escaladas. Foto: libro de Felice Benuzzi, Mattia Zurbriggen Guida Alpina


Los demás se acercaron, le quitaron las botas y empezaron a frotarlo. Con horror descubrí que la circulación estaba detenida. No sentía nada. Le sacamos las medias, lo frotamos con nieve y con brandy, y cuando pensamos en una amputación, recobró la sensibilidad lentamente y luego, comenzó a quejarse por el dolor.

Luego, se retorcía y gritaba tanto que nosotros redoblábamos nuestros esfuerzos, ya que este tratamiento era su única salvación, aunque el pretendía luchar con nuestros esfuerzos.

Finalmente se puso de pie y entre dos los bajamos lentamente.

A intervalos repetíamos las fricciones, y ya en la carpa, pese a mi pedido de dejarlo dormir, le administramos los últimos masajes, durante los cuales él gritaba insultándonos en siete idiomas diferentes.

Y decía: “Veinte años escalando montañas, y por primera vez fracasa una expedición por mi culpa.”
Mientras que se lo cubre con varias mantas a Zürbriggen, Fitzgerald, meditaba, si era prudente seguir con la ascensión o era mejor abandonar el intento.

Al día siguiente, amanece soleado, como invitándolos a una nueva prueba. Zürbriggen, estaba animado, y reincide en su nuevo intento. A todo esto, nos relataba Fitzgerald, el momento: La noche estaba calma y calurosa 12° bajo cero; para desayunar tratamos de calentar el desayuno, el café, con una hornalla rusa. Esta máquina es como una lámpara que usan los pintores para quitar la pintura vieja mediante el quemado. Consiste en una caldera pequeña que contiene alcohol y que se calienta por debajo, a fuego. Los vapores calientes pasan por un tubo inferior y emergen en forma de llama.

Aunque funcionaba perfectamente, cuando fue probada en Londres, la atmósfera enrarecida del momento impedía su encendido. Quisimos calentarla con algodones saturados de alcohol, con el único resultado de tremendas explosiones. Y aunque nos habíamos estado quejando de que el alcohol no ardía con propiedad, pronto nos sorprendió al ver qué bien ardía sobre nuestras caras y manos.

Zürbriggen, que recibió la peor parte, tiro la máquina montaña abajo, maldiciendo al inventor.
A las 08,00 horas, pese a todo esto, se decidió iniciar la marcha, cuando el sol ya estaba bien alto, buscando que el ambiente estuviera más soportable para los expedicionarios.

Volvieron por la pendiente del Gran Acarreo, donde el suelo en parte duro y en otros, blando no permitía seguir un buen ritmo; a todo esto, uno de los integrantes rueda pendiente abajo.

Esto hizo reflexionar al grupo, que luego del reciente accidente, reiniciaron la marcha zigzagueando lentamente hacia el objetivo.


Al fondo el monte Sefton, de 3.157 metros . Foto: libro de Felice Benuzzi, Mattia Zurbriggen Guida Alpina


Llegaron a superar apenas, los 6.600 metros de Güssfeldt, hicieron un descanso para seguir, Fitzgerald, directamente enfiló hacia la cumbre Norte, pero la marcha se prolongó durante un corto tiempo donde luego de un alto en la marcha, regresaron nuevamente hacia el campamento de altura, actividad que lograron concretar muy exhaustos.

La síntesis de este nuevo intento, lo realiza el propio Fitzgerald, que nos decía: El huracán nos cortaba el aliento. Cada ráfaga fuerte nos dejaba como después de caer en agua helada.

Fatigados, entumecidos hasta los huesos, cayéndonos, llegamos a la carpa, sin tiempo más que para calzarnos en los sacos de dormir y cerrar las puertas de la carpa.

La cocina se había roto, y no probamos bocado. Todos sufríamos fuertes dolores de cabeza, como si una banda de hierro nos apretara la frente.

La temperatura máxima había sido de 8° C., durante los tres últimos días y escasamente alcanzó los 2° C, a la sombra.
Una terrible depresión se apoderó de nosotros. Ni hablábamos. A veces parecía como si se fuera a perder la razón. Toda ambición nos había abandonado y nuestro único deseo era volver al campamento bajo y respirar nuevamente como seres humanos.
Cada vez que erguía mi cabeza daba vueltas y caía desvanecido, mientras grandes manchas negras me oscurecían la visual.

Comprendí la absoluta necesidad de traer buena leña, pero por el momento no podía hacerse más.
Con las primeras luces del día 2 de enero de 1897, comenzó el repliegue a Puente del Inca, al llegar a Plaza de Mulas, solo quedaron Lanti y Pollinger, el resto siguió la marcha.

Durante la misma, cuando se encontraba cruzando el río Horcones, ya aproximándose al destino, en un cruce de un vado, Zürbriggen y su mula, fueron arrastrados por la corriente del río, que en ese momento iba con su mayor caudal y fueron arrastrados ambos por la corriente, rescatando por Fitzgerald y el arriero Sosa, primero Zürbriggen, que casi se ahoga, y luego, enlazando al mular, que lograron salvar.
Unos días de descanso y de tranquilidad en Puente del Inca, repusieron los ánimos y además, se utilizaron estos días para seguir con las anotaciones de lo relevado tanto del cerro, como de la región; en cuanto al terreno y el ascenso¸ se realizaron también, mediciones trigonométricas, anotaciones sobre la flora y la fauna, fotografías del lugar, etc.


De izquierda a derecha, Harper, Fitz Gerald y Zürbriggen, durante la primera travesía de los Alpes Neozelandeses,
enero de 1895. Foto: libro de Felice Benuzzi, Mattia Zurbriggen Guida Alpina


Una nueva tentativa

El 9 de enero, los expedicionarios despertaron presurosos en sus actividades dado que en los días anteriores habían decidido volver a tentar suerte con el cerro.

La columna se desplazó hacia la nueva tentativa, llegando al finalizar Playa Ancha, lugar de una gran piedra y de un curso de agua, que podía verse bastante potable para los sedientos expedicionarios.

El día 10 de enero, amaneció radiante y la gente se aprontó para seguir en la huella hacia el objetivo fijado; a las 10,00 horas arribaron al campamento base, Plaza de Mulas, y luego de un breve descanso continuaron hacia Nido de Cóndores, donde arribaron a las 17,00 horas, donde ya habían llegado los suministros de víveres, leña, ropa, los cuales habían sido llevados por Lanti y Pollinger.

Solo le quedaba nuevamente enfrentar a la trilogía del terreno, clima y altura; pero los integrantes, luego de los días de descanso y reponer energías se encontraban optimistas y prestos a continuar con el desafío.

El mismo Fitzgerald, nos decía: Al llegar al campamento superior, los hombres estaban contentos y en excelentes condiciones.
Sonreían y bromeaban mientras fumaban sus pipas en el crepúsculo. No fue sino hasta que se duerme una o dos noches a esta altura que uno siente el peso de la depresión y la desesperanza.

Estábamos tan bien que pensé no intentar una ascensión hasta ver qué harían con nosotros unos cuantos días de descanso y buena alimentación a esas alturas.
Esperaba que el grupo se acostumbrara al aire enrarecido: si podíamos respirar con el barómetro en 15 pulgadas, ¿Por qué no en doce y media, que sería la de la cumbre?

Ahora creo que esto fue un error de mi parte; debimos apurar desde un principio.
Cada día a esta altura hizo a uno más débil. Por principio, el frío era aplastante; sea cual fuera el número de mantas, era imposible calentarse realmente.

El día 11 de enero, se utilizó para el descanso y seguir con la adaptación a la altura; el día 12 de enero, a las 09,00 horas, iniciaron la marcha hacia la cima, pero solo llegaron hasta los 6.000 metros, lugar que el jefe de la expedición, comenzó con sus malestares, agudos dolores, violentas náuseas y vómitos, regresando al campamento de altura; al poco rato se replegó Pollinger.


Un acto de broma, entre Fitz Gerald y Zürbriggen al termino de la expedición de 1895.
Foto: libro de Felice Benuzzi, Mattia Zurbriggen Guida Alpina


El que continuó fue Zürbriggen, quien llegó próximo a la entrada de la Canaleta y se dio cuenta que la cumbre más alta era la Norte, pero exhausto, y con mucha sed, regresó al campamento de altura; lo bueno que había superado la altura de Güssfeldt y había reconocido la ruta.

Esto va a entusiasmar más a todos los expedicionarios, especialmente a su jefe. Al otro día, volvieron al ataque para intentar coronar la cumbre. Superaron los 6.300 metros, donde Fitzgerald, se accidentó en una caída, debiendo regresar, pero con la idea de volver a intentarlo.

A las 07,00 horas del 14 de enero, la columna enfila nuevamente hacia la ansiada cumbre, a las 13,00 horas y tras un alto de marcha, Fitzgerald, volvió a caer bajos los efectos de la altura, pero le ordenó a Zürbriggen continuar, mientras que Lanti y Pollinger, lo condujeron hacia el campamento de altura.

A pesar de la lenta marcha, el suizo, sigue hacia arriba, sus altos de marcha se fueron intercalando en el progreso, para recuperar en parte el ritmo cardiaco, que por momentos parecía que el corazón fuera estallar.

Pero logró alcanzar un momento donde la pendiente se aplana y todo el mundo a su alrededor lo tiene y lo observa a sus pies, para su gloria y de la expedición a la cual integraba, había coronado la cima de América, el Techo de América.

Un mojón de piedras con su piqueta, son testigo de la presencia del vencedor que quedaron en la cima como testimonio.
Horas después con las últimas luces, el regreso del triunfador llega al campamento de altura, y era tal el cansancio, que el entusiasmo y alegría de sus compañeros y los saludos por el éxito, no conmociona y solo deseaba descansar e hidratarse.

Luego, toda la expedición bajó hacia Puente del Inca y un mes más tarde, en otro intento el 13 de febrero, fueron dos más los que arribaron a la cima y bajaron la piqueta dejada por Zürbriggen, ellos fueron, el italiano Nicola Lanti y el inglés Stuart Vines.

En resumen, tres integrantes del mencionado equipo realizaron sus dos primeras ascensiones, en el Techo de América, el Aconcagua y en otros cerros como el Tupungato; la primera la realizó Zürbriggen, y luego, Nicola Lanti y Stuart Vines.

El acto final de la victoria del hombre sobre el Aconcagua, se sintetiza en el relato de FitzGerald, quien nos decía: La mañana del 14 de enero de 1897, los hombres estaban fuera de la tienda desde antes del amanecer, preparando la comida. Desayune abundantemente. No hacía frío. A las 07,00 horas salimos, Zürbriggen, Pollinger, Lanti y yo, en dirección al peñón que señala el límite alcanzado por Güssfeldt, que en dos horas y media alcanzamos, pese al camino empinado y con cantos rodados.

Más allá se veía un piso firme y de menor pendiente. Pollinger se desvió a buscar el saco de provisiones que en nuestra anterior tentativa depositamos a 22.000 pies, y los tres restantes encaramos la nueva ruta, más fácil y al abrigo del viento.

A las 10,00 horas reiniciamos la marcha hasta alcanzar, a las 12,30 horas, 1.000 pies por debajo del pico mayor del Aconcagua y allí nos sentamos a esperar a Pollinger con la mochila de provisiones.

Un detalle, la botella de champan que había estallado, nos llenó de desconcierto, pese a lo natural del fenómeno.
Eran las 13,00 horas. Sentí de pronto que no podía moverme. No necesito hablar de mi desilusión. Ordené a Zürbriggen que siguiera solo, y a los tres cuartos de hora, ya lo vi 400 pies por encima de mí.


Matthias Zürbriggen, Fitz Gerald y Harper, saludando al famoso alpinista británico Tuckett, en Nueva Zelanda, en el año 1895.
Foto: libro de Felice Benuzzi, Mattia Zurbriggen Guida Alpina


Me separaba de la meta, 400 yardas escasas, pero sentí que nunca llegaría a ella. Traté empero, de seguir, y a los dos pasos me desplomé ahogado y con náuseas. Varias veces me paré, y otras tantas sufrí el mismo síntoma.

La vista se me nubló y andaba como en sueños. La montaña giraba a mi alrededor. Envié a Pollinger al campamento y de allí a Inca a buscar caballos y ordené a Lanti, que me condujese a las carpas. Nunca olvidaré lo que siguió. Las piernas se me doblaban y me lastimaba en los pedruscos. No sé cuánto tiempo me arrastré en ese miserable estado: una hora y media, quizás.

Al llegar a un planchón de nieve me tiré sobre él y rodé montaña abajo. A las 17,00 horas, llegue al vivac sin nauseas, pero con un dolor de cabeza que me cegaba.

Una hora y media después, llegó Zürbriggen. Había ganado la cumbre y plantado en ella su hacha para hielo. Estaba atontado de fatiga y parecía, tal era la debilidad y cansancio, no dar importancia a su triunfo.

La noche pasó entre los más extraños ruidos: jadeos, respiraciones, ahogos. A la mañana siguiente, clausuramos nuestro campamento y volvimos a Inca. Así fue conquistado el Aconcagua.

Mientras que Felice Benuzzi, en su libro Mattia Zurbriggen Guida alpina, le sue imprese, i suoi uomini, i suoi monti, nos decía que en un periódico de Buenos Aires expresaba: “Un hombre de buena apariencia, robusto y musculoso, sin ser muy alto, de ojos azules y barba roja a lo Federic, en las orejas unos pequeños aretes de oro, pero además vestido de manera normal, que habla un excelente italiano y un inglés con un acento muy fuerte... considerado respetado, amado y hasta temido”. Y Mattias, relatando esta cita en sus memorias, agrega una confesión que lo caracteriza: Cómo esto me hacía cosquillas y también me hace reír.

Luego de la segunda ascensión al Aconcagua, realizada por Stuart Vines y Nicola Lanti, toda la expedición marchó a Chile, para reparar energías, pero antes de la primera quincena de marzo, Stuart Vines, apareció ante la admiración que la ha dado el Techo de América, y volvió con el propósito que desde Nido de Cóndores realizar una comunicación heliográfica con Valparaíso, pero lamentablemente fracasó y bajó junto con algunos otros integrantes de la expedición entre ellos Joseph Pollinger, Matthias Zürbriggen y el propio Stuart Vines, el 17 de marzo de 1897, con quienes realizaron como despedida, el ascenso al cerro Catedral.

La figura del volcán que habían contemplado desde las estribaciones de la cumbre del Aconcagua, los subyuga y los atrae, y ponen como el siguiente objetivo, subirlo.

Mientras que Fitz Gerald, Lightbody y Gosse, realizaron las mediciones de la zona de Horcones, y todas otras observaciones y mediciones del lugar.


El vuelo de Fitz Gerald, sujetado por Zürbriggen, en el monte Sefton.
Foto: libro de Felice Benuzzi, Mattia Zurbriggen Guida Alpina


El Tupungato

Durante la organización de la expedición a la segunda meta u objetivo, el volcán Tupungato; hacia el volcán se dirigieron Vines y Zürbriggen, desde la zona de Punta de Vacas, con el propósito de organizar la próxima ascensión.

Zürbriggen instó al herrador que se encontraba en Punta de Vacas a herrar las mulas con un cuidado inusual. Después de dos días de caminar por Zürbriggen, Vines y Nicola Lanti llegaron frente a la montaña que Matthias, inmediatamente define como el gemelo del Weisshorn.

El aire de finales de otoño era tan seco que los montañeros mojaban las suelas de sus botas en los arroyos para evitar que se salieran las clavijas que tiene colocadas en sus calzados.

Entre el 28 y 29 de marzo de 1897, realizaron el primer intento al volcán, la cordada estuvo integrada por Vines, Zürbriggen y Pollinger; pero una tormenta bloquea el primer intento a unos 5.650 metros y Vines se da cuenta de que necesitaría más equipo, más suministros y más porteadores.

Lo intentaron de nuevo entre el 6 y 8 de abril; pero ráfagas y torbellinos de viento los hace detener a Vines y Zürbriggen, que formaban nuevamente la cordada de ataque; y poco después Lanti se presenta llorando a sus compañeros. Según Zürbriggen, era el efecto de la altitud y comenta lo siguiente: “Aquí está Nicola Lanti, uno de los hombres más duros que he conocido, el más avezado de valle de Macugnaga, con un carácter que cuando se corre la voz de que está enojado en su pueblo, todos los vecinos cierran su casa y atrancan las puertas. ¡Y mira cómo se comporta ahora! Pareciera que necesita pedir un biberón como un niño, porque esta acongojado y llora como un bebé”. Esto es propio de los efectos de la altura, que hace que los andinistas muchas veces reaccionen de modo poco común y hasta gracioso, siendo muchos los ejemplos que, a lo largo de la historia de la montaña, nos presenta este tipo de reacciones.


En la cumbre del Haidinger. La fotografía original de Zürbriggen y Clarke, se encuentra en el archivo
del Canterbury Museum de Christchurch, Nueva Zelanda.
Foto: libro de Felice Benuzzi, Mattia Zurbriggen Guida Alpina


Se desató una nueva tormenta y este intento también fue abandonado. Zürbriggen, descendió en medio de un malestar producto de los efectos de la altura.

Pero el 12 de abril, Vines con Zürbriggen y Pollinger, realizaron otro intento para coronar la cima del volcán.
Desde una gran altura descubrieron un volcán activo en territorio chileno, hasta el momento no marcado en ningún mapa, por tal motivo tampoco supieron su identificación y nombre.

En este nuevo intento, fue Pollinger quien entró en crisis; aunque Zürbriggen, también se va quedando y deja caer para ver si se recupera del esfuerzo e intenta seguir los pasos que en la delantera lleva Vines, que solo alcanza el pico de 6.550 metros, es decir, corona solo la cima, aunque espera la llegada sus compañeros en la cumbre.

Mientras descansa y espera, Vines, Zürbriggen se une a él y le explica que se tomó más que unos sorbos de vino y una buena bocana de humo de su pipa para recuperarse. Y Vines, luego anotaba: “Solo cuando estuvimos juntos en la cumbre tuve la sensación de que por fin se había escalado el Tupungato”.

En la bajada de Zürbriggen resbaló y se hizo un moretón en la espalda con las piedras que había recogido de la cumbre y puesto en su mochila.

Río abajo, Matthias, tuvo tiempo de participar en una cacería de cóndores, derribando uno de dos metros y diez centímetros de envergadura, que el naturalista Gosse embalsamó rápidamente. Con este logro finalizó la expedición científico deportiva al mando de Fitz Gerald, que tuvo como logros varias primeras ascensiones, entre ellas las dos primeras del Coloso de América.


Matthías Zürbriggen y Giuseppe Borsalino en Macugnaga. Foto: libro de Felice Benuzzi, Mattia Zurbriggen Guida Alpina


Otras cumbres

En el año 1899, nuevamente investigó y exploró cuidadosamente el Karakorum, con el matrimonio norteamericano Bullock Workman; Pfanny y William, volvieron a repetir esta tarea junto a Matthias, en el año 1902.

En esta oportunidad cayeron un gran número de cumbres menores, pero no por esto fáciles. Aunque las mayores dificultades las presentó el viaje de investigación de la “gratscharle” del Bhaya-Kara-La; aquí pareció que por primera vez Zürbriggen, lo abandonó el valor, como lo reconoció más tarde, esa fue la más difícil de las montañas que jamás había realizado.

Otra aventura, pero no con mucho éxito fue la que realizó con el príncipe Scipione Borghese (1871-1927), en el Tien-Schan, penetrando en este territorio en el año 1900, junto con el profesor G. Brocherel, en la inexplorada Montaña Celeste del Tien-Schan.

En una oportunidad, en Macugnaga, en el año 1903, mientras un grupo de lugareños estaban reunidos detrás del albergue Monte Moro, entonces el mencionado refugio, era muy parecido al de Giomein de Valtournanche, había llegado Matthias, con material que utilizaba normalmente en las escaladas, una cuerda y una piqueta, diciendo que quería dejar de ser guía y ofrecía en venta su glorioso equipo.
Había allí varias personas acaudaladas y se hizo una especie de subasta que alcanzó rápidamente cifras notables.

Entonces Matthias triunfante, satisfecho, haciendo una bella reverencia a los presentes, se volvió con sus pertrechos sin venderlos. Admirado y famoso, como lo transmite Julius Kugy, Sintiéndose superior en vista a los logros conseguidos, este guía-estrella, nunca abandonó su monte Rosa, y la imagen que habían quedado grabadas en la retina, de aquel majestuoso cerro de América, el Aconcagua.

En el año 1905, Graziadio Bolaffio (1855-1932), encontró en Macugnaga: Un señor elegante con un bastón de paseo, quien lo acompañó a la Puna Norte del Monte Rosa; ese era Matthias Zürbriggen.

El 15 de mayo de 1906, Matthias cumple 50 años y Conway que lo conocía muy bien dijo: No era el tipo de hombre que podía continuar yendo a las montañas una vez alcanzada la sexta década de su vida... Pienso que no podía continuar haciendo de guía una vez que sus mejores años se hubieran ido. Sin embargo, continúa. ¡Y cómo! Poco después en setiembre de 1906, Zürbriggen, cierra su libro de guía con la repetición de su subida a la Puna Norte del Monte Rosa. Luego de esto no se escuchó más al rey de los guías.


Postal del Aconcagua, desde la Laguna de Horcones, realizada a los inicios del siglo XX. Foto: libro de Felice Benuzzi, Mattia Zurbriggen Guida Alpina


Sus últimos años de actividad

Kugy nos decía en sus escritos recordándolo en esta época de su vida : Su carácter imperialista, no se escuchó más al rey de los guías. Para este hombre signado por el éxito, comenzó la oscura soledad, las carencias, la pobreza... ¿Dónde estaba su familia?

En el verano de 1907 y 1908, dedicó al menos una semana a la cordada Kugy-Bolaffio, mientras Aldo Bonacossa reportaba un episodio que se publicó al año siguiente. Contaba que él mismo había apenas llegado a los Alpes Almagell desde Saas-Grunnd, después de una salida con Battista Jachini de Macugnaga, cuando tiene que acudir por unos gritos de auxilio. Y relata que: Un montañés atlético, de barba rojiza, había apenado a la dueña del albergue y con frases irrepetibles, en suizo (posiblemente sea en francés o italiano, dado que no existe idioma suizo, de todas formas, esto es el textual relato extraído del escrito), la amenazaba porque no tenía para darle donde dormir. Era el famoso Matthias Zürbriggen, primer escalador en solitario del Aconcagua y ahora el más grande guía de montaña internacional que, partiendo directamente de Antronapiana a 900 metros había subido con un cliente el Pizzo d’Andolla de 3.653 metros S.N.M. y habían descendido desde allí, una jornada con mucho desnivel, para el ahora pesado y bastante dedicado a la bebida. La intervención de su compañero salvó a la dueña.

En esos años el profesor Restelli y el abogado Bonala, apasionados de Macugnaga, se hicieron promotores de un sistema de cuerdas fijas y clavos, para tomar de manera más accesible el Nordent de la Cresta de Santa Caterina, sobre el ejemplo de lo que se había hecho en el Cervino.

Una veintena de guías y porteadores cargaron los pesados rollos y atravesaron la Campana Sella alcanzando en dos días la base de la cresta donde el material fue abandonado.

Según Kugy, la iniciativa sería dirigida por Matthias y el material que fue llevado dificultosamente al pie de la obra en el año 1910, había quedado inutilizado en la cota 4.438 del Sperone Moreshead, esto lo confirma Marcel Kurz.

Un encuentro con Matthias Zürbriggen en el año 1908, da una viva luz sobre su carácter, En las memorias del explorador Tom George Longstaff (1875-1964), médico y pionero del alpinismo en el Cáucaso y en el Himalaya de Garhwal con los hermanos Alessio y Enrico Brocherel de Courmayeur, con quienes había conquistado el Trisul de 7.120 metros SNM., cima que, por 21 años fue la más alta alcanzada por el hombr se lee así : Descendiendo con dos compañeros, Matthias, del Colle della Loccie en Alagna en Vasesia, una de los más bellos valles de los Alpes, de paredes rectas y estrechas, revestidas de verde, continúa el médico inglés: En el pueblo se me acercó un gigante, la barba era erizada como un ramo de castañas. Llevaba aro de oro y tenía, como dice Kugy, los ojos encendidos. Y le preguntó al doctor Longstaff, si era el del Himalaya; este personaje se trataba de Matthias Zürbriggen, el guía de Fitz Gerald, en el Aconcagua y en Nueva Zelanda y de Workman, en el Karakorum... Era el clásico aventurero, siempre dispuesto a narrar las historias más extrañas, una de tantas, no me animo a citarla, decía el inglés, se refería a una mujer, que golpeaba para las fiestas al inepto marido con una piqueta.

A parte de estas historias recogidas por Longstaff, aparece importante en los recuerdos del ilustre alpinista inglés, la figura de Matthias Zürbriggen asemejándose a un gigante. En realidad, no tenía una altura superior a 1,67 metros, pero evidentemente irradiaba una personalidad atractiva excepcionalmente imponente.


Postal del Tupungato, vista Noreste del cerro, realizada a los inicios del siglo XX.
Foto: libro de Felice Benuzzi, Mattia Zurbriggen Guida Alpina


A los 55 años, Matthias, regresó al Cervino, y Bonacossa lo evoca como protagonista de estatura monumental, con la siguiente expresión: La última vez que vi a Zürbriggen en acción sobre el Cervino, fue en el año 1911... Año extraordinariamente seco, el Cervino por la vía solitaria se había vuelto en la parte baja, una especie de piso de piedra. Por las manos y los pies de la multitud de inexpertos que subían, hacían desprender piedras de todos los calibres, se soltaban fragorosamente y debajo de la campana Solvay, estábamos temiendo que se nos acercaba la última hora. Gritos, insultos en distintas lenguas e invocaciones de todo tipo; cuando una voz poderosa surge y cubre el fragor; estaba arriba sobre una saliente de roca, aparece imponente la figura de Zürbriggen, barba al viento, ojos furiosos, ululando, la gran piqueta blandida amenazadoramente y les grita: ¡Ojo a quien se mueva sin mi orden, le rompo la cabeza! ¡Si no, dejamos la piel todos! Bajo su dirección, implacable mezcla de benevolencia y sugerencias, en distintas lenguas y dialectos, toda la gente se reúne más ordenadamente, guías incluidos, y logramos todos llegar a salvo a la base.

Digna conclusión de los mejores años de Zürbriggen aparece este episodio recordado por Kugy, sin indicación del año. En una de sus últimas excursiones sobre los Alpes Occidentales, contado por el alpinista triestino o sea aquella travesía a pie del Paso del Sempione de Iselle a Briga con Graziadio Bolaffio, quien se permite el lujo de hacerse acompañar por dos de los mejores guías del mundo: Matthias Zürbriggen y Joseph Croux. Llegados al Paso, Bolaffio cambia de idea: dice sentir una llamada del Lyskamm. También Kugy dice, aunque más modesta, del Monte Leone de 3.566 metros SNM., cercano al paso y sigue el comentario, Kugy: Que alegría andar con dos guías de primerísima clase y de altísima inteligencia sobre una fácil cima panorámica. Sí, había entendido bien: ¡me atendía Y cómo me ha recibido! Era un día de gracia de Dios. Muchas horas hemos permanecido sentados arriba en la radiante luz del sol... Uno de mis recuerdos más lindos y felices.

Era la actividad profesional de Zürbriggen en sus últimos años y después cae en el silencio. Y ahora fue el momento de hacer un balance de su vida de alpinista.

Seis campañas en tres continentes extra-europeos, primeras en su época e inigualadas. ¡Y qué campañas! Tres en el Karakorum, por los numerosos valles y glaciares, visto por primera vez por los europeos, otras veinte cimas escaladas por primera vez, entre las cuales la que se tenía por la más alta hasta ese momento, conquistada por el hombre, la más alta conquistada por una mujer, una campaña en el Tien–Scian, donde cada paso tocara terreno aún virgen. Dos campañas en Nueva Zelanda, con la primera expedición de cuatro de las más altas y empinadas cimas, otra de dos y la solitaria ascensión al monte Cook, acto de pura pasión alpinística, como bien comprendieron neozelandeses e ingleses, de aquella época. Una campaña en los Andes con la primera y solitaria, a la máxima cima del Continente Americano, el Aconcagua. La primera ascensión al cerro Tupungato de 6.550 m. SNM., junto a Stuart Vines. Y sus empresas europeas, particularmente sobre la pared Este de su Monte Rosa. La primera y segunda subida al cerro Gnifetti, la primera de la Vía Restelli y segunda absoluta al Nordent. La primera del cerro Vivent y la primera al cerro Zürbriggen, otras numerosas repeticiones con o sin variantes, también importantes de los itinerarios clásicos. No nos podemos olvidar de los descensos de la Cresta de Zmutt del Cervino, primera subida absoluta del Stecknadelhorn, vías nuevas sobre otros cuatro mil como el Dent Blanche, el Nadelhorn, Dürrenhorn, Hohberghorn y Dom, según datos obtenidos por Sylvain Jouty.


Fanny Bullock Workman, rescatada por Matthias Zürbriggen, luego de una caída en una grieta, en el Himalaya.
Foto: libro de Felice Benuzzi, Mattia Zurbriggen Guida Alpina


Más que un balance de actividad, de una vida entera, este epílogo suena como una constante victoria ya que es un guía alpino recordado en tres continentes. Matthias, está eternizado por su Cresta sobre el monte Cook y del paso Zürbriggen en los Alpes Neozelandeses, de la punta Zürbriggen del Grupo del Aconcagua y del cerro Zürbriggen sobre el monte Rosa.

En las páginas que preceden las excepcionales prestaciones del alpinista Zürbriggen, son resaltadas cualitativamente por los testimonios de sus compañeros de cordada, para no usar la simple palabra “clientes”. Por otro lado, Bruce, en la expedición Conway, habla de él como un compañero, el que denota un comportamiento un poco distinto de aquel tradicional y subordinado entre guía y señor de la época.

J. Adamson, su compañero de tres cuartos de la ascensión del Cook, así habló de Zürbriggen a W. A. Kinsey: Era un hombre de pocas palabras, pero de grandes hechos, modesto, calmo y controlado en cada momento y en cada circunstancia. Había algo en su presencia que inspiraba confianza hasta a los más temerosos. Era dispuesto siempre a acompañar con seguridad a la cima de cualquier montaña que ya había subido el mismo, pero con una condición: que le dijeran honestamente si tenían o no miedo”.

Como se ha visto en los recuerdos de sus compañeros de viaje y de cordada resulta pintorescamente descrito o tal vez bien centrado, varios aspectos de su complejo carácter, pero el juicio más completo y acertado creemos que es aquel expresado por Kugy que ya recordamos.

También Conway no era menos, cuando afirma que Matthias: Era un tipo corajudo, vigoroso y aventurero... para muchos exuberante. Era pasional, extravagante. Agradable, impetuoso. Trabajador incansable, tomado por el sentido justo era fácil de tratar y era también fácil discutir con él.

Cierto es, indiscutible su gran amor por la montaña, más fuerte aún que su notorio amor por las ganancias. Lo confesó cándidamente a Conway: Ir a la montaña es para mí una delicia y debo agregar, me gusta ganar dinero.
Tanto Kugy como Bonacossa, confirmaban su inclinación a beber en forma desmedida con el correr de los años se fue intensificando, pero no parece un caso excepcional entre los montañeses de la época, guías incluidos.

Julius Kugy, recordaba también las borracheras de su Bonetti y también del gran Daniel Maquignaz, que era el presidente del Club Alpino.
J. P. Farrar, usaba encerrarse bajo llave la noche anterior a una salida importante, para no terminar en la hostería, comprometiéndo así el día siguiente.

En los recuerdos de Bonacossa, expresaba: Zürbriggen, por muchos años fue el guía más grande de las expediciones extra-europeas. Más que por haber escrito un libro sobre su vida alpinistica, en él se desarrollan o cuenta, además, episodios de violencia. Se caracterizaba por su carácter autoritario y una facilidad para terminar una discusión metiendo rudamente las manos sobre el adversario. Así una vez, encontraron sobre la cima del Cervino, el notable Daniel Maquignaz de Valtournanche, que buscaba calmarlo, promovido por la intervención de los clientes de ambas comitivas, pero el rudo y enérgico Matthias, les hizo silenciar mediante un grito: si un valtournain subía el Cervino por esa parte le iba a hacer ver de que era capaz Matthias, y luego, rápidamente se pone a cumplir el primer descenso por la Cresta de Zmutt.


Sobre una de las cimas del Karakorum, que la primera escaladora, Fanny Bullock Workman, guiada por Matthias Zürbriggen, siendo bautizada con el nombre de esta audaz dama. Foto: libro de Felice Benuzzi, Mattia Zurbriggen Guida Alpina


Otro aspecto de su carácter, lo recordaban algunos ingleses con los que compartió algunas salidas o aventuras, quienes lo encontraban curioso y al mismo tiempo, tal vez, exageraba sus relatos con el propósito de animar las noches en la tienda o el vivac; sus supersticiones que florecían de sus labios, difícilmente explicables, por el ambiente en el cual había crecido.

En la expedición al Karakorum con Conway llevaba en el equipaje un almanaque titulado “El doble pescador de Chiaravalle”, al cual recurría para atender las predicciones meteorológicas.

En la búsqueda de una verdad humana más completa en Matthias, lo dio el triestino Julius Kugy, lo definió como de carácter imperialista, y mientras que Harper, su compañero de cordada en Nueva Zelanda, en la expedición de Fitz Gerald, lo describió como de decididamente autocrático.

También lo tenemos que recordar tanto en Macugnaga como en Saas-Fee, como esposo y padre de familia, su conducta tiránica y violenta en la casa y desalineada afuera, aumentada con los años, opacaba su fama de guía ejemplar, trágico revés de una medalla del todo indigna. En los años 1914/15, Kugy, recibió nuevamente una señal de su vida.

Peter Grimm, recorriendo la vida de este afamado alpinista nos dice: Fue opinión de los contemporáneos de la época, el llamarlo el rey de los guías. No se sabe cuándo desapareció de Macugnaga, pero es cierto que dejó en la miseria y desesperación a su mujer, que le sobrevivió cinco años. Se fue a Ginebra, desocupado y durmiendo en un albergue en Rue Blanvalet en la provincia de Eau-Vives, teniendo por único confort el alcohol. Era bien conocido por los pasajeros de la posada: un hombre de fiera cara y de barba impresionante... que había sido un guía celebre.
El 29 de noviembre de 1914, murió repentinamente, por enfermedad, Joseph Croux y Kugy, publicó , una conmovedora necrológica de este tan querido guía en el Oesterreichische Alpenzeitung.

Al enterarse Zurbriggen, compañero común de tantas empresas, envío al alpinista triestino un pésame con estas palabras: Honor al hombre que habla así de un guía suyo.

Esta fue la última noticia que tenemos de él vivo. No se ha terminado su vida erigiéndose un monumento correspondiente al mito que él había sabido crearse.

No desapareció en el fulgor de su gloria profesional como Emile Rey, contada por Carducci; como Jean Antoine Carrel, celebrado por Guido Rey, como Felice Ollier, recordado por el tocante monumento a Courmayeur.

Como debía observar Conway: Para él la vida se media en cuánto había bebido hasta la fecha. Él, que, de regreso en barco de la Argentina, había retenido el sueldo a los porteadores porque, lo cuenta él mismo, no bebieron moderadamente, termina alcohólico, él que pasea por las cimas de cuatro continentes termina caído “barbudo” en un asilo, él que veía en la montaña, lo dice en el prefacio de sus memorias: el signo de la gloria del Señor, terminó suicidándose. Quería tener una estatura al límite extremo.


Grupo de elite del alpinismo continental de fines del siglo XIX, de izquierda a derecha parados,
Matthias Zürbriggen, Julius Kugy, Ugo de Amicis, Graziadio Bolaffio, sentados Arrigo Frusta
y Joseph Croux. Foto: libro de Felice Benuzzi, Mattia Zurbriggen Guida Alpina


Su muerte

Zürbriggen no quiso esperar a la señora de la guadaña. Él fue a llamarla. El alba del 21 de junio de 1917, lo encontró muerto, ahorcado.

La primera guerra mundial recrudece y una muerte como la suya, probablemente, no podía ser noticia. El hecho fue que, ningún diario o revista, ni siquiera de los Alpes, ni suizo, ni italiano, francés, alemán o austríaco, parece haber gastado una palabra para recordar la melancólica degradación moral y material, y la trágica desaparición de un hombre que había sido uno de los más grandes guías alpinísticos de su tiempo, honor de su profesión en cuatro continentes y de sus dos patrias, la Suiza de nacimiento y la Italiana por adopción. Pero en el sombrío 21 de junio de 1917, fue encontrado ahorcado, en Ginebra, habiendo partido su vida, con sus propias manos.

Mientras que la prensa alpina silenciaba el hecho, según datos obtenidos por Sylvain Jouty; Sir Martín Conway, su compañero de cordada, escribía para el Alpine Journal: Zürbriggen, fue apasionado, disoluto, vital y exagerado. No pertenecía a los hombres capaces de aguantar como escalador hasta los 60 años. Su vida concluyó cuando lo había consumido todo hasta el final, hasta el amargo final. Una cuerda suya y otras dos piquetas se conservan en Canterbury, Nueva Zelandia, en el museo de Christchurch.

Otra dejada a Adamson en recuerdo de su salida en común al Cook y la otra confiada a su amigo Sir Joseph Kinsey. Esta también conservaba y pasó al Museo los originales de varias cartas dirigidas a él, por Matthias, con fotografías de Fitz Gerald y Matthias sacadas durante su campaña neozelandesa. Así concluyó esta fascinante personalidad, este guía de montaña, el pionero y soberano del Aconcagua.

Retrato de Matthias Zürbriggen, realizado por A. D. McCormick.
Foto: libro de Felice Benuzzi, Mattia Zurbriggen Guida Alpina


José Herninio Hernández, Coronel (RE)

José Herninio Hernández
Andinista y escritor
jherdez6@gmail.com


Área Restauración Fotográfica del CCAM:
Natalia Fernández Juárez

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